caracola. f. Concha de un
caracol marino de gran tamaño,
de forma cónica, que, abierta por
el ápice y soplando por ella produce
un sonido como de trompa.
número 4 | junio 2005
 
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AGUA, TOCADO, HUNDIDO
Por JAVIER GONZALEZ

En la adolescencia las guerras de barquitos lo convertían a uno en un elegante almirante de Marina de otros tiempos, tipo Nelson o Gravina. Sobre el pupitre de clase, en una hoja arrancada del bloc, se ajustaban las coordenadas precarias para el combate: C1, H6, Q9... Si el almirante enemigo respondía ¡agua!, entonces trazábamos la cruz correspondiente en aquel crucigrama naval, en espera de que los artilleros mejorasen la puntería. Pero cuando el almirante contrario respondía ¡tocado!, enseguida nos entraba un subidón de gloria victoriosa, y no cejábamos en nuestro empeño hasta que el mando del pupitre de enfrente anunciaba su derrota sin quiebra alguna del honor: ¡hundido! Por entonces, como digo, nos gustaba mucho desplegar el velamen de la fantasía. Así iban pasando en clase las largas horas del aburrimiento, que era sin duda el navío más temible, siempre flotando en las aguas de la calma chicha (la sola palabra, aburrimiento, nos parecía además un barco de interminable eslora).
En cierto modo los recuerdos son como una guerra de barquitos, restos de memoria submarina. Menos mal que a uno le reconforta saber que hay quien se preocupa por la arqueología del fondo de los mares y que, en parte o en todo, de alguna manera tiene que ver también con los tiempos gloriosos en que fuimos almirantes de la imaginación. Con vistas a rememorar el bicentenario de la batalla de Trafalgar (1805), se quiere levantar en la lonja de Barbate un centro de interpretación de lo que fue el combate naval más épico de todos los tiempos. No está nada mal fomentar la arqueología submarina y, de paso, promover también el turismo aficionado a bucear, si así puede decirse, entre las aguas más profundas de la Historia.
La costa de Cádiz, al parecer, está llena de corales de madera podrida. Son restos de navíos que se fueron a pique durante la mítica batalla, como el Santísima Trinidad, al que Galdós llamó “El Escorial de los mares”. Hundido frente a Zahara, “El Escorial de los mares” no habría podido combatir en los estrechos límites de nuestros crucigramas navales que solíamos perpetrar en el colegio. Todavía hoy sigue reposando bajo el mar el mayor ataúd marino de la Historia de España, con sus 62 metros de eslora, 4.000 toneladas de peso, 140 cañones y sus 1.000 hombres (la mayoría murieron en combate).
He oído que una fundación norteamericana lleva tiempo buscando los restos de lo que fue aquel monasterio flotante. Según parece ya ha dado con lo que podrían ser los otros restos del “Bucentaure”, el buque del inepto Villeneuve, el edecán de Napoleón responsable de la escuadra franco-española en Trafalgar. Otros navíos españoles (el“Argonauta”, el “Bahama”, el “San Agustín”, el “Neptuno”) siguen hundidos en el tenebroso silencio abisal. Un ahogado acaba siempre convertido en un alga hinchada y macabra. Quizá en las bodegas de estos barcos nos aguarden todavía los cadáveres hinchados de nuestra mala conciencia. Son los náufragos de la gran flota del olvido. Son, en fin, la arqueología funeraria de aquellas tripulaciones formadas por labriegos, pastores, reos y mendigos que fueron reclutados a la fuerza. Uno los imagina, todavía, pidiendo auxilio a los chicos del windsurf que se divierten arriba, en la superficie. Hay algo de indecoroso, no sé, en las filigranas náuticas de estos chicos tan rubios, tan guapos todos, ajenos al doloroso purgatorio del fondo del mar. Por eso está muy bien esto de fomentar la arqueología submarina, si quiera por respeto a los almirantes que un día jugamos a ser. No todo van a ser yinkanas a vela sobre el mar.

Texto incluido en EL CAMINANTE, suplemento de turismo y viajes de el diario EL MUNDO.