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| AGUA, TOCADO, HUNDIDO |
Por JAVIER GONZALEZ
En la adolescencia las guerras de barquitos lo convertían a uno en
un elegante almirante de Marina de otros tiempos, tipo Nelson o Gravina.
Sobre el pupitre de clase, en una hoja arrancada del bloc, se ajustaban las
coordenadas precarias para el combate: C1, H6, Q9... Si el almirante enemigo
respondía ¡agua!, entonces trazábamos la cruz correspondiente
en aquel crucigrama naval, en espera de que los artilleros mejorasen la puntería.
Pero cuando el almirante contrario respondía ¡tocado!, enseguida
nos entraba un subidón de gloria victoriosa, y no cejábamos
en nuestro empeño hasta que el mando del pupitre de enfrente anunciaba
su derrota sin quiebra alguna del honor: ¡hundido! Por entonces, como
digo, nos gustaba mucho desplegar el velamen de la fantasía. Así iban
pasando en clase las largas horas del aburrimiento, que era sin duda el navío
más temible, siempre flotando en las aguas de la calma chicha (la
sola palabra, aburrimiento, nos parecía además un barco de
interminable eslora).
En cierto modo los recuerdos son como una guerra de barquitos, restos
de memoria submarina. Menos mal que a uno le reconforta saber que hay quien
se preocupa por la arqueología del fondo de los mares y que, en parte
o en todo, de alguna manera tiene que ver también con los tiempos
gloriosos en que fuimos almirantes de la imaginación. Con vistas a
rememorar el bicentenario de la batalla de Trafalgar (1805), se quiere levantar
en la lonja de Barbate un centro de interpretación de lo que fue el
combate naval más épico de todos los tiempos. No está nada
mal fomentar la arqueología submarina y, de paso, promover también
el turismo aficionado a bucear, si así puede decirse, entre las aguas
más profundas de la Historia.
La costa de Cádiz, al parecer, está llena de corales de madera
podrida. Son restos de navíos que se fueron a pique durante la mítica
batalla, como el Santísima Trinidad, al que Galdós llamó “El
Escorial de los mares”. Hundido frente a Zahara, “El Escorial
de los mares” no habría podido combatir en los estrechos límites
de nuestros crucigramas navales que solíamos perpetrar en el colegio.
Todavía hoy sigue reposando bajo el mar el mayor ataúd marino
de la Historia de España, con sus 62 metros de eslora, 4.000 toneladas
de peso, 140 cañones y sus 1.000 hombres (la mayoría murieron
en combate).
He oído que una fundación norteamericana lleva tiempo buscando
los restos de lo que fue aquel monasterio flotante. Según parece ya
ha dado con lo que podrían ser los otros restos del “Bucentaure”,
el buque del inepto Villeneuve, el edecán de Napoleón responsable
de la escuadra franco-española en Trafalgar. Otros navíos españoles
(el“Argonauta”, el “Bahama”, el “San Agustín”,
el “Neptuno”) siguen hundidos en el tenebroso silencio abisal.
Un ahogado acaba siempre convertido en un alga hinchada y macabra. Quizá en
las bodegas de estos barcos nos aguarden todavía los cadáveres
hinchados de nuestra mala conciencia. Son los náufragos de la gran
flota del olvido. Son, en fin, la arqueología funeraria de aquellas
tripulaciones formadas por labriegos, pastores, reos y mendigos que fueron
reclutados a la fuerza. Uno los imagina, todavía, pidiendo auxilio
a los chicos del windsurf que se divierten arriba, en la superficie. Hay
algo de indecoroso, no sé, en las filigranas náuticas de estos
chicos tan rubios, tan guapos todos, ajenos al doloroso purgatorio del fondo
del mar. Por eso está muy bien esto de fomentar la arqueología
submarina, si quiera por respeto a los almirantes que un día jugamos
a ser. No todo van a ser yinkanas a vela sobre el mar.
Texto incluido en EL CAMINANTE, suplemento de turismo y viajes de el diario
EL MUNDO.
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