Un libro, como todas las cosas buenas, beneficia en primer lugar a quien lo escribe, pero fructifica en sus lectores. Así sucede con las obras hechas con amor, el más generoso y dulce atributo humano. Es por eso que la cualidad de un libro nace, con esfuerzo, de la sensibilidad y la inteligencia de su autor, pero se perfecciona en quienes lo leen. Las semillas de un libro germinan con su lectura placentera y fructifica en las iluminaciones que es capaz de producir. Uno no se es el mismo después de leer un buen libro, de relato intenso, de imágenes estimulantes o rico en conocimientos, interpretaciones y emociones, sustentado en el sencillo e inconmensurable regalo de su buena escritura. Mas intensamente, el autor encuentra en su factura una suerte de mutación que la edición consuma, y la nueva edición consolida.
Así sucede con La Alhambra. Estructura y paisaje, que Pedro Salmerón nos ofreció en los años de 1997 y de 2000, en ediciones conjuntas del Ayuntamiento de Granada y de la Caja General de Granada, y que ahora publica en reedición renovada Tinta Blanca Editor por impulso del Patronato de la Alhambra y Generalife. Es sabido que el principal monumento de España goza de extraordinaria fortuna tanto literaria como crítica, y que los textos escritos forman legión en un despliegue de visiones y aproximaciones que, haciendo honor a tan excepcional lugar, no tiene fin. Como no podía ser de otra manera, las miradas se han ido acompasando a las coordenadas culturales de cada momento. En el origen de nuestra cultura contemporánea, la Ilustración y el romanticismo, la atracción por lo exótico y lo remoto, estimulada por el impulso de la hegemonía occidental, alcanzó a una España venida a menos, a la Andalucía pintoresca, a la Granada fascinante. El alhambrismo tiene ahí su fundamento. Decía Washington Irving en sus Cuentos de la Alhambra que “para el viajero imbuido de sentimiento por lo histórico y lo poético, tan inseparablemente unidos en los anales de la romántica España, es la Alhambra objeto de devoción como lo es la Caaba para todos los creyentes musulmanes”. Desde entonces, en cada momento de la cultura occidental, se han lanzado miradas diversas, siempre intensas, sobre este lugar extraordinario, foco de sensaciones impagables, manantial inagotable de vivificantes estímulos."
(Extracto del prólogo de Víctor Pérez Escolano, Los secretos de la Alhambra)