caracola. f. Concha de un
caracol marino de gran tamaño,
de forma cónica, que, abierta por
el ápice y soplando por ella produce
un sonido como de trompa.
número 2 | abril 2005
 
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LAS ALPUJARRAS, A UN ESCALÓN DEL MEDITERRANEO
Por MANUEL MATEO PÉREZ

En los días más claros y soleados, desde los altos picos de Sierra Nevada, es fácil divisar las montañas norteafricanas del Rif. El Mediterráneo, que está a un paso, se advierte al fondo, como recostado en una lámina dorada. Desde las máximas alturas peninsulares se desciende por escarpadas y pedregosas laderas hasta alcanzar los pueblos blancos de las Alpujarras. Herencia de la cultura morisca, territorio de cruentas disputas, esta tierra meridional se asoma cada mañana al Mediterráneo con sólo salvar las serranías de Lújar y la Contraviesa.

Los poetas árabes del siglo XV lloraron más que Boabdil la pérdida de la última ciudad de al-Andalus. Culminada la Reconquista, derrotado el reino nazarita, los árabes fueron recluidos en la comarca alpujarreña, a espaldas de la nueva Granada cristiana. Llegaron a esta solana escarpada y rugosa con sus costumbres y su cultura, con su peculiar y exquisito sentido de las artes y la vida. Acomodaron sus viviendas en imposibles pendientes, sembraron los campos de exóticos árboles frutales y canalizaron las lomas y los cerros con canales y acequias que aún sacian la sed de huertas y paratas.

Las Alpujarras de hoy son la herencia directa de aquellas otras que cautivaron a los viajeros románticos del XIX. Lanjarón es su puerta de entrada. En esta villa aristocrática, de calles anchas y arboladas, aún manan las cinco fuentes de su insigne balneario. Una carretera serpenteante conduce a Órgiva. La capital administrativa de la comarca se intuye desde lo lejos, desde el momento en que se divisan las torres gemelas de la grácil y altiva iglesia de Nuestra Señora de la Expectación. Hundida en las profundidades del valle del Guadalfeo, Órgiva es el punto de partida para ascender hasta la Alpujarra alta. Con la subida las carreteras se encrespan, se vuelven rebeldes, indisciplinadas y ariscas. El viajero deja a un lado Cáñar y, kilómetros más adelante, Soportújar, donde los vecinos conviven desde hace años con los visitantes que muy regularmente acuden al centro budista O Sel Ling en busca de silencio, meditación y sosiego.

Al final del camino se distinguen las formas angulosas del barranco del Poqueira que es como un país en miniatura donde todo parece guardar un orden, una proporción, una perfecta armonía. Recostado sobre la feraz ladera, como una sábana dócil, reposa el pueblo de Pampaneira. Más arriba el viajero encuentra Bubión y unas leguas más allá Capileira. Estos topónimos de resonancias gallegas deben su nombre propio a los cristianos viejos que repoblaron la zona una vez expulsados los moriscos.

En Pampaneira, a la entrada del pueblo, hay unos azulejos que dicen: “Viajero, quédate a vivir con nosotros”. Por su entramado de calles estrechas y plazuelas íntimas manan fuentes de evocador nombre. Las casas están perfumadas de geránios, jazmines y madreselvas que estallan en insultantes colores. En los pueblos del Poqueira, al igual que en otros muchos de la Alpujarra alta, la arquitectura es un arte de difícil entendimiento. Las viviendas están aterrazadas. El techo de la primera sirve de posadera a la que surge por encima. Los terraos, como así se llaman, están cubiertos con launas, piedras pizarrosas que soportan a su vez el peso de unas peculiares chimeneas coronadas por dos lajas.

Las iglesias mudéjares del barranco del Poqueira son blancas y recoletas. En torno a ellas se esparcen plazas tranquilas, adormecidas por el susurro de las pilas de agua, sombreadas por generosos árboles. Las plazas están próximas a los viejos telares donde aún se confeccionan las jarapas, las conocidas y abrigadas mantas de lana merina. En Capileira, además, abre a diario el museo etnográfico Pedro Antonio de Alarcón, que es un resumen de la vida y las costumbres de estas tierras arrinconadas.

El Poqueira queda atrás cuando la carretera serpenteante se adentra camino de Pitres y Pórtugos. En Pitres montan cada semana un mercadillo artesanal que tiene mucha fama por estos contornos. En él venden miel de mil flores, velas de cera natural, adornos hechos con corcho y útiles de cuero viejo. En Pórtugos mana una fuente ferrosa y en Busquístar, que queda más abajo, los cerezos banquean las laderas que caen hasta el Guadalfeo cuando la primavera anuncia su llegada.

Un camino de castaños, moreras y alcornoques conduce a Trevélez. El pueblo lleva con dignidad eso de ser el más alto de España. Por si fuera poco Trevélez tiene tres barrios: el Bajo, el Medio y el Alto, y los tres exhalan el mismo aliento populoso. Los soplos ventosos que bajan del Mulhacén secan los jamones de bodega y recebo que cuelgan de los abiertos curaderos. En las tabernas del pueblo es costumbre servir una jugosa trucha a la brasa con una bien curada loncha de jamón. Acompaña tan digno manjar un vino de la tierra, elaborado en las haciendas bajas del valle del Guadalfeo.

Más allá de Trevélez queda Válor, Mecina Bombarón o Yegen, donde el escritor inglés Gerald Brenan escribió su obra “Al sur de Granada”, un testamento literario de una tierra profundamente literaria.

Este texto de Manuel Mateo ha sido escrito para La Carocola de Tinta Blanca.