Por MANUEL MATEO PÉREZ
Ensayo aparecido en la revista GEO
Hay dos andalucías. Está la Andalucía horizontal y la Andalucía vertical. Ninguna de ellas responde sólo a inevitables compromisos geográficos. No hablo de las andalucías de la altura, la campiña y el valle, ni de las andalucías Occidental y Oriental que parecen encerrar dentro de sí una metáfora de llanuras y marismas, de cerros y cordilleras. No. Hablo de dos andalucías excéntricas cuyo sentido reside en sus ciudades más insignes. La Andalucía horizontal vive en Sevilla, en Córdoba, en Cádiz. Es la Andalucía crecida en la planicie y la ribera, en la meseta de los meandros, en el desabrigo de las bahías expuestas a los nuevos vientos.
Roma creó la Andalucía horizontal. En Córdoba, después de tantos siglos, aún pervive ese aliento estoico que la iluminó. Por sus calles y plazas hay un sentido de la amenidad y la placidez similar al que brota en las pretéritas Híspalis y Gades . Las tres son ciudades luminosas y vivaces, tocadas por una rara satisfacción, por un impulso muy proyectado a la vida plena y al noble ejercicio de la palabra.
Frente a ellas está la Andalucía vertical cuya capitalidad está en Granada. Las primeras son latinas y atlánticas, asidas a un Guadalquivir que derrama sus cenicientas aguas a un océano africano y caribeño. Granada no. Granada es árabe, bella y dramáticamente árabe. La templanza de aquellas se torna aquí desazón y apasionamiento. Un sol blanco calcina las tres ciudades horizontales. Granada, por el contrario, parece cubierta por una severa y abigarrada madeja de nubes, como aquella que pintó David Robert en sus grabados románticos. La horizontalidad de las primeras viene definida por la calma y la ternura de su paisaje azul. Granada está encaramada a una colina roja, y por detrás, a modo de evocador telón, a un desnudo y violento juego de cumbres desdentadas y cortantes.
Marguerite Yourcenar escribió: "En esta punta extrema de España, Europa se confirma al mismo tiempo que se acaba". "Tomada por el costado izquierdo", Andalucía ha recibido sin rechistar a los pueblos más capaces que han poblado el refinado Mediterráneo. Mucho antes de que Occidente despertara de su pesado sueño, Córdoba iluminaba sus calles en las noches sin luna, y en las madrazas que bordeaban las mezquitas de al-Andalus los venerables maestros recitaban a los clásicos. El gótico amanece en tiempos de luchas fronterizas. La catedral de Sevilla apela al cielo sobre los deshechos de la mezquita aljama. En el minarete, el almuédano deja de entonar sus versículos y las campanas cristianas tañen de sonidos metálicos la ciudad reconquistada. Ese gótico duro, áspero y militar dará paso con los siglos a un renacimiento pletórico y occidentalizado donde hombres de luz y razón como Diego de Siloé y Andrés de Vandelvira vierten sus tensas pasiones en edificios tan soberbios como las catedrales de Granada y Jaén.
En el descubrimiento del Nuevo Mundo, el Guadalquivir y sus puertos hacen de Andalucía un lugar planetario. El barroco traerá después la desavenencia con la armonía y la serenidad que tanto trabajo costó crear a romanos, árabes y judíos. El barroco andaluz es un arte prepotente y distante, clerical y ensordecedor. Alienta la Andalucía de la religiosidad, la Andalucía reflejada en la Castilla de cristianos viejos, abstraída y difusa, retratada con rostros levíticos y piadosos por Zurbarán y Murillo, regocijada en la estética de la muerte y la escatología de la carne como la recuerda Valdés Leal. Y aquí sigue, envuelta en aquella herencia, manifestada en tradiciones, fiestas y cenáculos que tanto nos gustan y con la que nos sentimos diferenciados del resto de las regiones y sus culturas.
Todo un símil, en fin, de la lucha y la divina contradicción de la que jamás podrá desembarazarse esta tierra.
Los dos últimos siglos han traído momentos de contestación. La Constitución de 1812, proclamada en el oratorio de San Felipe Neri de Cádiz, no es más que un grito liberador, despierto y real de un paisaje y un paisanaje sumido en una larvada injusticia. El tiempo de la ruptura llegará con los poetas y los pintores valientes, con los cronistas que denuncian la opacidad y el tormento. Es la erótica concupiscencia de Julio Romero de Torres, la culpabilidad y el velado arrepentimiento de un pueblo; es la vanguardia preconizada años después por Picasso en su Málaga eterna de puertos y barcos lejanos; es la más reciente e incendiaria orgía de colores de un José Guerrero, atado de por vida a la abstracción y a sus sueños.
Los poetas y sus versos emborronados en cuartillas amarillentas, los cafés y los casinos, el alma en la palabra, el ahora y el entonces... El bueno de Machado, con su torpe aliño y su semblante taciturno, reniega de aquella Andalucía de la charanga y la pandereta, de la capilla y la fácil alegría. Machado está más cerca de esta otra tierra que no baila, ni canta, ni vaga a diario por las plazas sin rumbo. Machado quiere una Andalucía pensadora y madura, de hombres rectos y justos, que también lloren, que también sientan.
Juan Ramón hace de Andalucía un territorio universal: "Hay una patria superior a la de los pies y es la de las alas y la de la frente". Desde su blanco retiro de Moguer, Juan Ramón desgaja su intelijencia en versos que brotan entre torrenteras, perfumados de jazmines y madreselvas de verano.
A Lorca lo mataron a las cinco. Lo mataron a las cinco en Granada, en su Granada. Andalucía llorará por siempre la vergüenza de aquel crimen, la vileza de aquellas horas, la mezquindad de sus culpables. Para ser universal le bastó con escribir de una calle de su pueblo, de la vega y su paisaje, de gitanas y morillas. Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, un andaluz tan luminoso, tan vivo entre nosotros.
No. Ni Machado, ni Juan Ramón, ni Lorca son poetas andaluces. Los tres son poetas universales, poetas de muchas patrias, de muchos mundos. Soria, Puerto Rico y Nueva York son también Sevilla, Moguer y Fuentevaqueros. Campos de Castilla , Platero y Yerma son hermanos de la misma sangre, brotados del mismo tallo, amamantados por la misma savia.
¿Dónde guarda Andalucía su pensamiento? ¿Dónde encierra su filosofía? ¿Dónde reposa su meditación, sus dudas, sus certezas? No está recogida, desde luego, en sesudos y voluminosos escritos, ni encarcelada en la mente de una élite. La filosofía de este pueblo no está en sus libros. Vive en sus gentes, en el valor de la palabra hablada. Andalucía mira a la calle. La calle es el salón del pueblo. En ella encuentra asiento el diálogo, el ánimo y los humores de unas gentes que se expresan a través de la copla, de un canto que cuenta las verdades secas, las bondades y los maltratos que depara la vida. La filosofía de este pueblo está encerrada entre las broncas notas de una soleá o una bulería flamenca. Si el bolero es humedad, el tango tragedia y el fado melancolía, la copla es verdad y el flamenco desgarro.
Cádiz es La Habana en la boca de Carlos Cano. Acariciando las curvas de su guitarra, como retozando junto a la mujer amada, el trovador narra la historia de los romances y sus estrellas de medianoche. De su aterciopelada voz florece el misterio que ocultan los ojos negros de una mujer hermosa, la dignidad de la pobreza, la sensualidad amasada en este sur purificador de caminos y mares.
Hace unos meses escuché cantar a Enrique Morente. Lo escuché en una venta de Sanlúcar de Barrameda, allá donde el Guadalquivir se borra con pena. Era una noche nívea. La luna quemaba la cabellera leonina del cantaor. Morente cerró los ojos y se dejó llevar por las notas martirizadas de la guitarra flamenca. Pulsó los gestos, desgarró las manos, quebró la voz, tensó las piernas. Al fin, de su boca brotaron flores. Al terminar la actuación me dijo: "Mi voz es la voz del pueblo que conozco desde niño". Morente recuerda las azoteas blancas del Albayzín, cayendo despacio hasta el paseo de los Tristes. Eran las viejas azoteas de los geranios y las pitas, las azoteas donde se escuchaba la bulla de la plaza de San Nicolás y el tañido de las campanas llamando a la primera misa de la mañana.
En el siglo pasado un puñado de viajeros descubrió la Andalucía de los paseos románticos y las alamedas, de los cielos eternos y la luna nueva. Doré la pintó oriental y mística, Richard Ford la retrató pícara y atrasada, Teófilo Gautier la idealizó con bandoleros buenos y Mérimée la recordó febril por los amores entre cigarreras casquivanas y majos de afiladas facas. Todos contribuyeron, en mayor o menor medida, a crear una tautología que tiene mucho de verdad y no poco de mentira. Bordados por el tópico y la idealización, aquellos cuadernos de viaje nos resultan hoy manuales insustituibles para entender los posos pardos de la Andalucía del XIX. Acertaron, por ejemplo, al alabar el concepto de la vivienda, dispuesta en torno a un patio con una fuente en medio donde el rumor de las aguas amansa los espíritus y alienta las bondades de la palabra. Acertaron, también, al prodigar la tradición oral y la música popular de donde remanece la copla y el flamenco que hoy nos emociona en las bocas de Carlos Cano o Enrique Morente. Pero se equivocaron al pensar que Andalucía constituía la frontera entre la civilización y la barbarie, entre el progreso del norte y el atraso caliginoso del sur. Nos hicieron creer que este vasto territorio era una opereta de sangrientas corridas de toros, de zambras interminables y duelos a muerte entre caballeros valerosos e indeseables tullidos sin honor.
Andalucía arrastró durante cien largos años aquellos lodos. Incomprendida y maltratada, aún debió padecer la insidiosa creencia de que ésta era tierra sólo de vagos y conformistas. Los tópicos parecen hoy desvanecerse como el humo de una pavesa o como la lechosa ola de una marea baja.
Si así hubiera sido, si de verdad Andalucía hubiera apocado su destino a la pereza y la desidia, cómo entender entonces este patrimonio que nos cobija, que nos marca y designa. Lo que nos impresiona de Andalucía es su carnalidad, su hondo sentido de la vida, su ausencia de rencor hacia aquellos que secularmente la maltrataron. Lo que nos emociona es su ingenio, su inasible libertad, su original rebeldía, su robustez y aplomo ante las lacerantes amenazas de los poderes y sus clases.
Hay, en todo caso, pocas certezas en esta patria mimada en el jardín de las Hespérides. Muchos amigos me dicen que Andalucía es la tierra para ser feliz. Los más atrevidos dictan: "Pocos lugares como éste donde mejor se viva y más se goce". Y, fíjense, no encuentro argumentos para contradecirlos. Es en su imperfección, en sus vacilaciones y en sus quebrantos donde Andalucía se me antoja más querida. Es en su belleza, en sus paisajes y sus diferencias donde me parece más entrañable, tierna e inefable.
¿Por qué? Una tarde paseaba por la calle Granada, en el corazón viejo de Málaga, y desemboqué en la plaza de la Merced donde al lado de unas farolas unos niños jugaban a la pelota. Frente a ellos estaba la casa donde nació Picasso. Giré la mirada y a lo lejos distinguí los imperecederos bloques de piedra del colosal teatro romano. Más arriba, envueltos entre la arboleda, se distinguían los muros de la alcazaba árabe de Gibralfaro. Me senté en un banco y quise imaginar a Pablo Ruiz de niño, jugando como éstos otros, mirando a su alrededor y descubriendo sin saberlo la liturgia de las edades, el peso de las épocas, la composición de unas piedras dispuestas en armonía y orden. Aquellos primeros cubos que Picasso emborronó debieron ser estos mismos que sostienen desde tiempos pretéritos la armadura de un teatro y los pilares de una fortaleza.
Otro día viajé hasta el valle del Andarax. Paré en Canjáyar y caminé despacio por sus calles blancas. A las afueras del pueblo, bajo un cielo ascético, un hombre viejo recogía manojos de romero y mejorana. Curvaba su castigada espalda en la empalizada de una loma, a los pies de esa frontera natural que separa las fértiles vegas del río almeriense de los sedientos brazos del desierto de Tabernas. El hombre me regaló un ramo de perfumada hierba y con una sonrisa me indicó el camino hacia Alhama.
En otra ocasión, en la orilla del río Tinto, miré absorto durante largo rato el cambio de los colores del agua, de sus tonos oníricos, ferrosos y azafranados. Recuerdo que alguien a mi lado me dijo: "Estos colores que aquí ves hacen que el océano sea azul". Aquella mañana bajé a las playas de Huelva para ver el color de las olas y del horizonte. Llovía sobre Mazagón y el cielo estaba cubierto por una sábana gris, pesada y plomiza. Esperé a que escampara y al final lo vi. Era verdad: El añil es el color del Sur.
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