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| EL CERRO MEDIEVAL |
Un viaje a la Sierra Sur de Jaén, poblada de ermitas y santones
Por ALMUDENA TROBAT
Hoya de Salobral es una aldea perdida a las faldas de la Sierra Sur de Jaén. Llegar a ella es una tortura si una viene de Noalejo. Son veinticinco kilómetros interminables, poblados de cuestas imposibles, de zanjas donde el coche patina entre piedras minúsculas que orillan a olivares viejos y carcomidos por el sol.
Hoya de Salobral es un puñado de casuchas viejas y descascarilladas, arracimadas en los bordes de una pradera tierna, sembrada de cereales, de chopos y álamos regados por las aguas de un arroyo pobre y estacional. Algunas de las casuchas de Hoya mantienen cierto aire de nobleza en sus fachadas y corralones. Fueron construidas cuando el hombre aún tenía apego por la naturaleza, en unos tiempos en que la arquitectura popular se acomodaba al paisaje que tenía a su puerta, y no al contrario.
En la aldea sólo quedan mujeres y hombres viejos. Hace años construyeron una unidad escolar a la entrada del caserío, pero apenas acuden niños. Los hijos de aquellos viejos marcharon hace años, hicieron dinero, y algunos de ellos volvió al pueblo a levantar casas horripilantes, a modo de chalet urbanos y pretenciosos, de varias alturas, decorados con azulejos, pinturas chillonas y esculturas de leones y heráldicas que no hacen justicia, es evidente, a sus comunes apellidos.
Hoya de Salobral queda a los pies de un gran cerro donde se halla la ermita de la Virgen de la Cabeza. Hay dos maneras de subir a él. La primera, continuando por la carretera que traía desde Noalejo, por una empinada y bella calzada asfaltada en cuya margen izquierda se encrespan los roquedales, perfumados estos días de primavera por las flores amarillas de matorrales espinosos y almohadillados. La segunda es más compleja, y obliga a atravesar las casuchas altas de la aldea.
La viajera ha preguntado a dos mujeres jóvenes, acompañadas por un hombre de mediana estatura, grueso y sonriente, con una gorra en la cabeza y un bastón que balancea al ritmo de su marcha.
-Venimos andando desde Alcalá la Real –comenta el hombre frenando el ritmo, jadeante y sudoroso-. ¿Va usted a la ermita?
La viajera contesta que sí.
-Siga ese camino. Todo recto; no tiene pérdida, pero procure dejar el coche a la entrada de la ermita, en una explanada. Estos días hay mucha gente en el cerro para visitar a la Virgen.
El santuario está situado sobre la muela de una montaña pelada y pedregosa, a los pies de un roquedal áspero y laberíntico. Hacia el este se divisan las montañas calvas de Noalejo, los molinos eólicos, moviendo sus aspas por la fuerza del viento. Al sur el paisaje es más espectacular. Hacia el fondo se divisan las cumbres de Sierra Nevada: El Veleta a la derecha; en el centro, el Mulhacén, y a la izquierda, más próxima y altiva, la Alcazaba que hace descender sus faldas blancas hacia la ladera septentrional de Granada. En un plano anterior, el paisaje se envalentona entre los pliegues de la Sierra Sur que miran a Alcalá y los cerros oscuros y pardos de la Subbética cordobesa.
La ermita de la Virgen de la Cabeza fue construida en 1966, año en que se fundó la cofradía. El templo es de piedra de sillería blanca, con una portada adornada por un arco de medio punto sobre el que se alza una espadaña con tres campanas. El templo evoca aquel otro que se alza en el cerro del Cabezo, en Andújar, en el pecho de la Sierra Morena jiennense.
A un lado y a otro de la portada de la ermita los cofrades instalaron azulejos que recuerdan un pasaje poco conocido en el viaje de Juan Alonso de Rivas, el pastor manco de Colomera al que se le apareció la Virgen de la Cabeza. A los pies de la pintura mural alguien escribió que el pastor granadino oró y descansó en este lugar antes de continuar viaje hasta el cerro del Cabezo.
La viajera entra en el templo y ve que la imagen no está en el camarín. Por dentro la ermita es de una sola nave, cubierta por un tejado de madera a dos aguas, con un coro moderno y minúsculas capillas a ambos lados del altar. En el camarín dos albañiles trabajan en el templete que acoge la imagen. La viajera pregunta por la Virgen, y el más joven le dice que para verla tiene que salir de la iglesia, girar y entrar por una puerta que queda a la izquierda de la fachada principal, en un edificio nuevo, de ladrillo visto. La viajera hace lo que le dicen y penetra por un pasillo largo y umbrío, perfumado por cientos de flores de vivos colores, colocadas junto a una reja en cuyo interior se alza la imagen de la Virgen de la Cabeza. La talla es algo más grande que la imagen que se halla en el cerro de Andújar. Es más alta, y su rostro más blanco y jubiloso que aquella otra.
Alrededor de la ermita los cofrades de la Virgen de la Cabeza han construido casas de hermandad que se llenan de peregrinos el último fin de semana de abril, coincidiendo con la romería. La viajera ve sobre el cerro tres cruces y se acerca a un hombre mayor, ataviado con una impoluta túnica blanca y una gorra con una imagen de la patrona de estos lugares. El viejo atiende un puesto de recuerdos religiosos donde vende medallas y estampas. La viajera saluda y pregunta:
-Y dígame: Antes de esta ermita ¿qué había aquí?
-Aquellas cruces donde venía el santo Custodio a orar a Dios y a pedirle que le siguiera concediendo poderes por su intersección para curar a enfermos y desvalidos.
El viejo hablaba como recitando una letanía miles de veces repetida. Tenía dos dientes: Uno arriba, curvo y alquitranado, y otro abajo, del mismo color, aunque más pequeño. El hombre hablaba con palabras mayestáticas y proféticas, aunque su tono no era escandaloso y alocado.
-Usted no lo sabrá, pero el alma de la Virgen de la Cabeza vive y descansa en este santo lugar –dijo al fin en un fraseo rítmico y pausado, como desvelando un gran secreto-. A Juan Alonso de Rivas le perseguían cuatro forajidos. Subió a este cerro y se escondió en aquella cueva pequeña que se ve allí arriba. Entonces, la Virgen de la Cabeza se le apareció, y le pidió que levantase en este lugar una ermita para ella. El pastor bajó a los pueblos y contó lo que le había pasado...
-¿Y qué sucedió?, inquirió la viajera.
-Que no le creyeron. De modo que continuó viaje hasta los pagos de Sierra Morena, con la Virgen sobre su cabeza, siguiéndole durante toda la caminata. Allí sí tuvo suerte. Los de Andújar le creyeron al ver que había curado de su brazo manco.
La viajera contempla a lo lejos la cueva, señalada por una cruz de hierro y un minúsculo árbol que la protege con su sombra. En ese momento, al puesto del viejo llegan tres mujeres, dos de ellas ancianas, y dos hombres muy entrados en años.
Una de ellas compra una estampita, otra una medalla y la más joven, de unos sesenta años, se coloca frente al viejo y le dice:
-Cuando usted quiera, padre.
La viajera al principio no sabe qué está sucediendo, pero al cabo de unos segundos cae en la cuenta de que aquel hombre es un santón de la Sierra Sur, al igual que lo fue el santo Custodio o el santo Aceituno, mitad monjes mitad curanderos, a los que sus vecinos concedían poderes sobrenaturales, otorgados por Dios, para sanar a enfermos, reconducir a parejas separadas y procurar trabajo para aquellos que no lo tienen.
-¿Cómo estás de la garganta?, le pregunta el santón.
-No parece que esté peor, pero los pies los tengo muertos...
-Ahora mírame, estate callada y cuando sientas calor en los pies me lo dices.
Así estuvieron durante al menos cuatro o cinco minutos. Ninguno de los presentes abrió la boca. Nadie se movió. El santón y la mujer se miraban. De vez en cuando, el viejo bajaba la cabeza, cerraba los ojos y balbuceaba algunas palabras indescifrables.
-¿Sientes ya el calor?
-Pues no, los tengo helados...
A la viajera aquello le resultó cómico, y a punto estuvo de soltar una carcajada si no hubiera sido porque al santón le dio por balbucear con un tono más elevado una suerte extraña de plegarias donde invocaba a vírgenes, santos y mártires. Así estuvo durante otros dos o tres minutos, sin nadie que abriera la boca. El viejo volvió a preguntar:
-¿Sientes ya el calor?
-No –dijo la mujer con tono tímido para no herirlo. Y como disculpándolo le dijo- Se ve que tengo el frío metido en el cuerpo, porque no hay modo de que se me calienten los pies.
Al santón aquello no le sentó bien. Miró a todos como esperando una complicidad y al fin dijo:
-Bueno, te he curado lo de la garganta ¿no? Pues otro día vienes y seguimos con los pies.
El santón se llamaba Antonio y regalaba unas estampitas donde se le veía al lado de la cueva donde el santo Custodio rezaba a Dios. Volvió a recobrar la confianza ante sus feligreses y dijo:
-Uno no quiere hablar porque le tratan de loco, pero allí arriba hay una piedra donde todas las tardes se sienta Jesucristo.
Ninguno de aquellos parroquianos se atrevió a abrir la boca. El santón continuaba hablando, aunque esta vez se lo decía a la viajera, que era nueva por estos lugares. La viajera no pudo contener la sonrisa. Miró a las ancianas y a sus acompañantes, como esperando un auxilio, pero aquellos permanecían callados y adustos. Al fin recompuso el rostro. Respiró hondo y escuchó al santo Antonio decir:
-La piedra donde Jesucristo se sienta tiene la forma de su culo, las llagas de su espalda, la sangre que le cae de la cabeza, el desgaste de la mano sobre la que se apoya para sentarse o levantarse. Yo lo veo –dijo como entrando en trance-. Murió en Jerusalén.
¿Por qué no iba a estar en este cerro? –preguntaba extasiado-.
Allí continuaron, pero al cabo de unos minutos, la viajera le dio la mano al santo –la tenía fría, sudorosa, temblante- y se despidió de todos. Cogió el coche, giró por la plaza donde se levanta el santuario y descendió con calma por la cuesta de este lugar mágico, extraño y telúrico, perdido entre las rugosidades de las montañas, alejado de todos los lugares posibles, enquistado en un medievo que parecía olvidado.
Este relato de Almudena Trobat ha sido escrito para La Caracola de Tinta Blanca.
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