caracola. f. Concha de un
caracol marino de gran tamaño,
de forma cónica, que, abierta por
el ápice y soplando por ella produce
un sonido como de trompa.
número 5 | septiembre 2005
 
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Tan brillante como suele ser habitual en él, Javier González vuelve a LA CARACOLA de TINTA BLANCA con un artículo publicado en El Caminante de El Mundo de Andalucía sobre un concepto que ha dado en llamar ciudades lentas. Para el fundador y responsable de la revista “Mercurio”, existen ciudades donde el tiempo se mide de modo sereno y sosegado.

Ciudades lentas
Por JAVIER GONZÁLEZ

Al parecer se viene imponiendo la lentitud como un nuevo y sutil way of life. O sea, otra vuelta de tuerca en pos de la felicidad personal. En Viena, por ejemplo, hay restaurantes lentos donde en lugar del minimalismo culinario (pasar hambre y sentirse chic), lo que de verdad se fomenta es el lento deporte de la masticación. Más que el correcto tránsito por las tuberías intestinales, lo que se busca es hacer bien la digestión del cerebro. El comensal no sólo se toma su tiempo, lo que en realidad se toma es su tempo. En esto mismo consiste la psicolentitud: cambiar el tiempo por el tempo. No sólo restaurantes, sino ciudades enteras las hay en Italia que son lentas, como Módena, que forma parte del ideario de las Ciudades Lentas. Todo esto nos lo cuenta un psiquiatra con consulta en Sevilla, Jaime Rodríguez Sacristán, uno de los ideólogos de esta forma de fecundidad interior que es la lentitud.
Estamos ya en septiembre, que es sin duda un mes de lentitud soberana. Llega septiembre y con él la ebriedad de la pausa, la redención del temblor. Por algo es el mes de la nostalgia, de la taracea del recuerdo, de la melancolía incandescente. O sea, que la artillería del tiempo, o por mejor decir del tempo, se da de lleno en estos días en que la luz va tomando una madurez antigua. La lentitud vagabunda de septiembre nos invita a visitar esas Ciudades Lentas de las que habla el doctor. En el sur andaluz, el modelo de urbes lentas lo formarían un tipo de ciudades medias como Ronda, Jerez o Écija. “Slow is beautiful”, parece ser el eslogan de las Ciudades Lentas: que la ciudadanía no pierda nunca la elegancia de la parsimonia. Es probable que hasta el término turista sea consecuencia de la prisa (la prisa traducida incluso al léxico), frente al otro concepto mucho más embriagador, mucho más lento, del viajero, del caminante, del trotamundos. Muchas veces hemos hablado aquí de la numerosa -y asombrosa- tipología de turistas que las nuevas formas del ocio están propiciando por aquí y por allá (el turisport o el turista activo, el enoturista o el turista del vino, el turista idiomático, y así hasta mil y una maneras de sentirse turista de hoy). Pero para visitar la ruta de las Ciudades Lentas, recorrer sus calles sonámbulas bajo cielos de amnesia azul, es del todo exigible recobrar ese espíritu de tardanza y embeleso que el viajero de antaño iba propagando a su paso. Todo esto bien suena a almíbar literario, a utopía. Sin embargo, escuchando al psiquiatra de la lentitud, no parece del todo inalcanzable. Además, la utopía es siempre como una ciudad en lo por hacer, un sueño en construcción que la lentitud, esa ingravidez del ideal, promete en lontananza. La utopía como otra Ciudad Lenta.
Nos hemos acostumbrado -ay- a las ciudades rápidas. Juan Bonilla habla de “los abominables hombres de las nueve”, los burocráticos hombres con cartera que regresan a casa justo a esa hora dichosa, a las nueve de la noche, atravesando la rutina alienante de los días laborales. No hay que equivocarse. Los días laborales no son insoportablemente lentos. Más bien son una deformación del elixir de la verdadera lentitud. Hay muchas señales urbanas de la rapidez: el grafiti, la prensa gratuita en las esquinas, el vibrador del móvil, las franquicias, una hamburguesa, la maniquí estridente de una tienda de ropa juvenil... Todo da sensación como de prisa masiva. En la ruta de las Ciudades Lentas, en cambio, uno quisiera ir rellenando poco a poco el puzzle de la lentitud. Pensemos en la veleta de un viejo edificio de correos, o en un buen vermut en lugar de la Coca-cola y su urgencia carbonatada. Alguien que enciende un cigarrillo con un fósforo, una peluquería de caballeros, la bombona de butano en un balcón... Jirones lentos para una Ciudad Lenta, para un mes lento como septiembre.