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Tan brillante como suele ser habitual en él, Javier González
vuelve a LA CARACOLA de TINTA BLANCA con un artículo publicado en El
Caminante de El Mundo de Andalucía sobre un concepto que ha dado en
llamar ciudades lentas. Para el fundador y responsable de la revista “Mercurio”,
existen ciudades donde el tiempo se mide de modo sereno y sosegado.
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| Ciudades lentas |
Por JAVIER GONZÁLEZ
Al parecer se viene imponiendo la lentitud como un nuevo y sutil way of life.
O sea, otra vuelta de tuerca en pos de la felicidad personal. En Viena, por
ejemplo, hay restaurantes lentos donde en lugar del minimalismo culinario (pasar
hambre y sentirse chic), lo que de verdad se fomenta es el lento deporte de
la masticación. Más que el correcto tránsito por las tuberías
intestinales, lo que se busca es hacer bien la digestión del cerebro.
El comensal no sólo se toma su tiempo, lo que en realidad se toma es
su tempo. En esto mismo consiste la psicolentitud: cambiar el tiempo por el
tempo. No sólo restaurantes, sino ciudades enteras las hay en Italia
que son lentas, como Módena, que forma parte del ideario de las Ciudades
Lentas. Todo esto nos lo cuenta un psiquiatra con consulta en Sevilla, Jaime
Rodríguez Sacristán, uno de los ideólogos de esta forma
de fecundidad interior que es la lentitud.
Estamos ya en septiembre, que es sin duda un mes de lentitud soberana. Llega
septiembre y con él la ebriedad de la pausa, la redención del temblor.
Por algo es el mes de la nostalgia, de la taracea del recuerdo, de la melancolía
incandescente. O sea, que la artillería del tiempo, o por mejor decir
del tempo, se da de lleno en estos días en que la luz va tomando una madurez
antigua. La lentitud vagabunda de septiembre nos invita a visitar esas Ciudades
Lentas de las que habla el doctor. En el sur andaluz, el modelo de urbes lentas
lo formarían un tipo de ciudades medias como Ronda, Jerez o Écija. “Slow
is beautiful”, parece ser el eslogan de las Ciudades Lentas: que la ciudadanía
no pierda nunca la elegancia de la parsimonia. Es probable que hasta el término
turista sea consecuencia de la prisa (la prisa traducida incluso al léxico),
frente al otro concepto mucho más embriagador, mucho más lento,
del viajero, del caminante, del trotamundos. Muchas veces hemos hablado aquí de
la numerosa -y asombrosa- tipología de turistas que las nuevas formas
del ocio están propiciando por aquí y por allá (el turisport
o el turista activo, el enoturista o el turista del vino, el turista idiomático,
y así hasta mil y una maneras de sentirse turista de hoy). Pero para visitar
la ruta de las Ciudades Lentas, recorrer sus calles sonámbulas bajo cielos
de amnesia azul, es del todo exigible recobrar ese espíritu de tardanza
y embeleso que el viajero de antaño iba propagando a su paso. Todo esto
bien suena a almíbar literario, a utopía. Sin embargo, escuchando
al psiquiatra de la lentitud, no parece del todo inalcanzable. Además,
la utopía es siempre como una ciudad en lo por hacer, un sueño
en construcción que la lentitud, esa ingravidez del ideal, promete en
lontananza. La utopía como otra Ciudad Lenta.
Nos hemos acostumbrado -ay- a las ciudades rápidas. Juan Bonilla habla
de “los abominables hombres de las nueve”, los burocráticos
hombres con cartera que regresan a casa justo a esa hora dichosa, a las nueve
de la noche, atravesando la rutina alienante de los días laborales. No
hay que equivocarse. Los días laborales no son insoportablemente lentos.
Más bien son una deformación del elixir de la verdadera lentitud.
Hay muchas señales urbanas de la rapidez: el grafiti, la prensa gratuita
en las esquinas, el vibrador del móvil, las franquicias, una hamburguesa,
la maniquí estridente de una tienda de ropa juvenil... Todo da sensación
como de prisa masiva. En la ruta de las Ciudades Lentas, en cambio, uno quisiera
ir rellenando poco a poco el puzzle de la lentitud. Pensemos en la veleta de
un viejo edificio de correos, o en un buen vermut en lugar de la Coca-cola y
su urgencia carbonatada. Alguien que enciende un cigarrillo con un fósforo,
una peluquería de caballeros, la bombona de butano en un balcón...
Jirones lentos para una Ciudad Lenta, para un mes lento como septiembre.
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