caracola. f. Concha de un
caracol marino de gran tamaño,
de forma cónica, que, abierta por
el ápice y soplando por ella produce
un sonido como de trompa.
número 6 | octubre 2005
 
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La escritora Almudena Trobat ha viajado a Córdoba y ha escrito sobre sus cuatro plazas preferidas. En este texto rezuma un amor viejo por la ciudad más caudalosa e histórica de España, por la capital silenciosa y sola que halla en las plazas irregulares de los barrios árabes y judíos el sentido de su fisonomía y su carácter.

Cuatro plazas de Córdoba
Por ALMUDENA TROBAT

LA PLAZA DEL POTRO
En 1924 los cordobeses levantaron en la plaza del Potro un triunfo a San Rafael Arcángel, custodio de la ciudad desde tiempos de Roma. La talla fue esculpida por Miguel de Verdiguier y está encaramada a un delgado monolito, erigido al principio de la plaza, entre las calles Lucano y Lineros. Todas las mañanas un viejo se sienta a su lado. Cuando algún turista le pregunta, el viejo responde con aire solemne: “San Rafael no sólo fue santo, fue un arcángel, una divinidad que está siempre al lado de Dios”.
La plaza del Potro tiene una ligera pendiente, una caída suave hasta el paseo de la Ribera del Guadalquivir. A espaldas de San Rafael Arcángel la plaza se prolonga entre una dulce alameda de naranjos en flor.
Miguel de Cervantes recreó la vida de la plaza en uno de sus pasajes. El autor de “El Quijote” escribió sobre la Posada del Potro. Habló de su aire recogido, soleado y rectangular. Narró vivencias protagonizadas por sus huéspedes, un curioso cenáculo de truhanes, pícaros y caballeros venidos a menos. Aquellas inspiraciones del Siglo de Oro desaparecieron hace mucho. Hoy la Posada es centro cultural, lugar de exposiciones y citas literarias. Conserva, eso sí, su acento populoso en las balconadas de madera que recorren las paredes, en los arriates y macetas que las perfuman y en las estacas desdentadas que sirvieron un día para amarrar a las bestias.
La plaza del Potro es renacentista, vivaracha y andaluza. Tiene una fuente octogonal de cuatro caños, fechada en 1577, y azulejos e inscripciones que narran acontecimientos históricos de mucha notoriedad. Uno de ellos hace referencia a Cervantes, al príncipe de las letras españolas, y ocupa parte de la pared de un edificio noble, patrocinado por los Reyes Católicos, que desde finales del Quince ejerció como Hospital de la Caridad. En él encontraron cura para sus achaques una legión de menesterosos y mendigos famélicos, desahuciados e incurables de los muchos que por aquellos siglos pululaban entre los alrededores de la agitada ágora. El edificio es sede ahora del Museo de Bellas Artes y del Julio Romero de Torres. En él, en los lienzos que cuelgan entre sus galerías, parece residir la esencia de esta ciudad, una esencia envuelta en la dulce letanía de la piel canela y los ojos negros, cualidades que -aseguran- alumbran a la mujer cordobesa.

PLAZA DE LA CORREDERA
Al mercado de Sánchez Peña se entra por la plaza de Cañas o por la Corredera. Da igual. Por dentro el mercado es bullicioso, colorista y gritón. Los puestos están atestados cada mañana de parroquianos que hacen la compra en el lugar que toda la vida han llamado “la plaza”. La plaza es la Corredera, un rectángulo castellano y noble, adusto y serio que en días de fiesta, hace muchos años, servía de coso taurino. La Corredera es como una plaza mayor del norte, como un hemiciclo ordenado y pulcro, sentado en torno a 61 arcos de donde nacen tres plantas con ventanas iguales, puertas iguales y balcones iguales. La plaza está desnuda y no hace mucho que colocaron en ella un puñado de farolas muy modernas que no han gustado demasiado al vecindario. En la churrería de la Corredera, donde venden un cartucho de crujientes jeringos por setenta y cinco pesetas, las farolas siguen siendo tema de conversación: “¿Y por qué no han dejado las de toda la vida?”, pregunta un cliente. “Los tiempos, los tiempos cambian. Ahora se estilan más así”, responde otro entre afiladas sonrisas.
La Corredera tiene dos puertas grandes. Una de ellas da a la ermita de la Virgen del Socorro, que es patrona de los venteros de la plaza. La otra puerta sube por la vieja calle Espartería. En medio de las dos, al abrigo de los soportales, cada mañana temprano abren las tiendas más populares de Córdoba. Plateros y ropavejeros sacan las mercancías de sus cuartuchos umbríos. Hay por aquí librerías de viejo, zapaterías con género de dudosa novedad, mercerías, anticuarios y ultramarinos donde sirven especias y licores.

LAS TENDILLAS
Claudio Marcelo, que es la calle más aristocrática y señorial de Córdoba, une la plaza de las Tendillas con la osamenta del Templo Romano. El yacimiento arqueológico está al lado del ayuntamiento, en una encrucijada de calles, desafiando los años y los siglos, en un afán por mantener vivas y en alto las columnas que hace dos milenios sostuvieron aquel tabernáculo de adoración y divinidad. Claudio Marcelo es una calle hermosa y recta, perfumada cada primavera por el azahar, de edificios nobles, historicistas, modernistas y neo-mudéjares, crecidos al amparo de la vieja aristocracia de principios del siglo XX. Claudio Marcelo desemboca en una plaza ancha y luminosa, muy urbana y cosmopolita. En ella Córdoba se hace una gran ciudad. De su centro nace una escultura dedicada al Gran Capitán.
Las horas pasan melódicas en esta plaza. De su reloj emana cada cuarto, cada media, cada hora un repiqueo de guitarra flamenca grabado en su día por el artista cordobés Juanito Serrano. El reloj estaba hace unos años en una esquina, en lo alto de un edificio que miraba a las calles Málaga y Jesús María. Pero los cordobeses, que son muy suyos, vieron con buenos ojos su traslado a los áticos del hotel Boston, en un lugar donde es más fácil ver la hora, donde resulta más ameno escuchar el tiempo que pasa.
A mediodía, en las Tendillas, es norma tomar un chato de vino en la taberna de El Correo. Cuestión de tradiciones.

PLAZA JERÓNIMO PÁEZ
Desde la plaza Jerónimo Páez, que es una de las más hermosas de Andalucía, se ven las copas de los cipreses de la Casa del Judío. Entre sus muros blancos crece una abigarrada yedra, y las ventanas están cubiertas por celosías que salvaguardan la intimidad y el recato interior. La Casa del Judío es propiedad particular. Lástima, porque quien la ha visto asegura que es una de las más bellas de la ciudad. Basta con acercarse hasta su puerta principal, situada en lo que primitivamente se llamó plaza de los Paraísos para intuir su interior. La puerta es de madera labrada y en ella están talladas las imágenes de Fernando III “el santo” y Pedro I “el justiciero”. Lucano, el poeta condenado a suicidarse en tiempos de Roma, tiene aquí un busto y frente a él una fuente de tres bocas que desde hace demasiado tiempo no mana.
La plaza Jerónimo Páez está sombreada por altivos pinos americanos y graciosas palmeras. La plaza tiene un aire aterrazado, silencioso y familiar. Por ella pasan pocos coches. Hay una taberna típica que en días buenos dispone mesas y sillas alrededor de los naranjos. La cuesta de Pero Mato, estrecha y empedrada, bordea las obras de ampliación del Museo Arqueológico. Desde hace unos meses el museo amplía sus dependencias. Pero queda a la vista su sobrecogedora fachada renacentista, los patios interiores, los estanques y las fuentes, las galerías y los salones donde Córdoba reivindica su pasado y su papel en la historia.