Por ALMUDENA TROBAT
Cuenca no está en un cruce de caminos. El viajero cambia a propósito
su rumbo para alcanzar una capital de provincia encaramada en una mole de piedra
y abrazada por dos ríos, el Júcar y el Huécar. Ubicada en
medio de una solitaria tierra, despoblada desde siglos, hay quien atribuye a
Cuenca una partida de nacimiento de lo más ilustre. Hay historiadores
que emparentan la natalidad de su ciudad con la altiva y legendaria Roma. Independientemente
de toda leyenda, lo cierto es que el monarca español Alfonso VIII mandó levantar
sobre la primitiva mezquita árabe un templo a la cruz. La construcción
de la Catedral se inicia en el siglo XII. Hoy es las más sobresaliente
muestra del arte gótico-anglonormando en España, una pieza original,
inigualable, una rareza con la que Alfonso XIII quiso complacer a su esposa Leonor,
una princesa inglesa nacida en tierras normandas. Monumento Nacional, de su interior
destaca la rejería renacentista, obra de Esteban Lemosín. Las puertas
de las salas capitulares son atribuidas a Berruguete, y las esbeltas esculturas
son de Pedro de Mena. La tenue luz que ilumina la nave central de la Catedral
invita al reposo y al descanso del que hasta aquí ha llegado. Ubicada
en la plaza Mayor, la blanca fachada de la Catedral contrasta con los colores
tostados que pigmentan las paredes del laberíntico plano urbano de Cuenca.
En 1447, años antes de que toda la Península Ibérica
fuera territorio cristiano, Cuenca empieza a configurarse como ciudad. Nacen
así dos nuevos barrios: el de San Antón, junto al Júcar,
formado por callejuelas y guardando el santuario de la Virgen de la Luz, y
el barrio de los Tiradores, a la izquierda del Huécar.
Al encuentro del viajero salen recoletas plazas, concurridas y animadas en
verano por frescas terrazas. La calle de San Pedro sube al barrio alto de la
ciudad, donde, no sin dificultad, se vislumbra lo poco que queda en pie de
la arquitectura islámica. Cuenca, que debió a aquel pueblo buena
parte de lo que hoy es, apenas posee de su refinada cultura algunos lienzos
de muralla, un desbaratado castillo y un muro decorado con yeserías
con restos de escritura cúfica que puede admirarse en el Palacio Diocesano.
Más abajo, aún resiste el paso del tiempo la Torre de Mangana,
una atalaya desde donde se divisa una espléndida vista de la ciudad
y de sus alrededores. Los musulmanes quisieron ubicar en esta zona la barriada
de artesanos y comerciantes, la zona de más bullicio. Hoy la Torre de
Mangana, los restos que quedan de la antigua fortaleza mora, abre el paso a
la ciudad vieja.
El paseo por Cuenca transita por la calle de Santa María, que trepa
hasta el Ayuntamiento, un edificio del siglo XVIII de corte barroco y colonial,
con tres arcos que dan acceso a la plaza Mayor. Y en la plaza de la Merced
se ubica el Museo de la Ciencia, una construcción moderna que contrasta
con los edificios decimonónicos que se apiñan a su alrededor,
creando un juego de formas y volúmenes que sorprende, pero a la vez
reconforta.
Pasear por estas vetustas calles puede convertirse en una experiencia inigualable.
Cuenca es de esas ciudades que atesora esencias en sus más sencillos
rincones. Hay plazoletas minúsculas que sin embargo poseen una incontenida
belleza. Callejas que derivan en angostos túneles y puentes de hierro
como el de San Pablo, que citan al visitante con una de las mas soberbias vistas
de la capital. Su vegetación se rompe y trenza por los macizos de las
hoces del Júcar y el Huécar, por los silenciosos ríos
que circundan la añeja villa.
Al otro lado de la ciudad se halla el antiguo convento de San Pablo, hoy convertido
en Parador de Turismo. Y al otro lado de la ciudad, suspendida bajo la hoz
del Júcar, la iglesia de San Miguel acoge uno de los mas bellos paisajes
urbanos de cuantos encierra Cuenca. La iglesia es de corte tardorománico
y su artesonado es mudéjar, del mismo estilo que los interiores que
predominan por los conventos, santuarios y templos del Bajo Aragón.
Este relato de Almudena Trobat ha sido escrito para La Caracola de Tinta Blanca.
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