caracola. f. Concha de un
caracol marino de gran tamaño,
de forma cónica, que, abierta por
el ápice y soplando por ella produce
un sonido como de trompa.
número 4 | junio 2005
 
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La historia y la leyenda cuentan que Cuenca nació el mismo día y a la misma hora que Roma. Su apiñado caserío, de ocres tonalidades, se levanta desafiante entre las hoces de dos míticos ríos, el Huécar y el Júcar, alimentados por una limpia agua y por decenas de evocadoras leyendas. La capital de las Casas Colgadas encierra su mejor postal en el interior de sus plazas y empinadas callejuelas. Muy cerca de ella se halla otra Ciudad Encantada y algunos villorrios, coronados por románticos castillos

CUENCA, ESPÍRITU ENCANTADO
Por ALMUDENA TROBAT

Cuenca no está en un cruce de caminos. El viajero cambia a propósito su rumbo para alcanzar una capital de provincia encaramada en una mole de piedra y abrazada por dos ríos, el Júcar y el Huécar. Ubicada en medio de una solitaria tierra, despoblada desde siglos, hay quien atribuye a Cuenca una partida de nacimiento de lo más ilustre. Hay historiadores que emparentan la natalidad de su ciudad con la altiva y legendaria Roma. Independientemente de toda leyenda, lo cierto es que el monarca español Alfonso VIII mandó levantar sobre la primitiva mezquita árabe un templo a la cruz. La construcción de la Catedral se inicia en el siglo XII. Hoy es las más sobresaliente muestra del arte gótico-anglonormando en España, una pieza original, inigualable, una rareza con la que Alfonso XIII quiso complacer a su esposa Leonor, una princesa inglesa nacida en tierras normandas. Monumento Nacional, de su interior destaca la rejería renacentista, obra de Esteban Lemosín. Las puertas de las salas capitulares son atribuidas a Berruguete, y las esbeltas esculturas son de Pedro de Mena. La tenue luz que ilumina la nave central de la Catedral invita al reposo y al descanso del que hasta aquí ha llegado. Ubicada en la plaza Mayor, la blanca fachada de la Catedral contrasta con los colores tostados que pigmentan las paredes del laberíntico plano urbano de Cuenca.

En 1447, años antes de que toda la Península Ibérica fuera territorio cristiano, Cuenca empieza a configurarse como ciudad. Nacen así dos nuevos barrios: el de San Antón, junto al Júcar, formado por callejuelas y guardando el santuario de la Virgen de la Luz, y el barrio de los Tiradores, a la izquierda del Huécar.
Al encuentro del viajero salen recoletas plazas, concurridas y animadas en verano por frescas terrazas. La calle de San Pedro sube al barrio alto de la ciudad, donde, no sin dificultad, se vislumbra lo poco que queda en pie de la arquitectura islámica. Cuenca, que debió a aquel pueblo buena parte de lo que hoy es, apenas posee de su refinada cultura algunos lienzos de muralla, un desbaratado castillo y un muro decorado con yeserías con restos de escritura cúfica que puede admirarse en el Palacio Diocesano. Más abajo, aún resiste el paso del tiempo la Torre de Mangana, una atalaya desde donde se divisa una espléndida vista de la ciudad y de sus alrededores. Los musulmanes quisieron ubicar en esta zona la barriada de artesanos y comerciantes, la zona de más bullicio. Hoy la Torre de Mangana, los restos que quedan de la antigua fortaleza mora, abre el paso a la ciudad vieja.

El paseo por Cuenca transita por la calle de Santa María, que trepa hasta el Ayuntamiento, un edificio del siglo XVIII de corte barroco y colonial, con tres arcos que dan acceso a la plaza Mayor. Y en la plaza de la Merced se ubica el Museo de la Ciencia, una construcción moderna que contrasta con los edificios decimonónicos que se apiñan a su alrededor, creando un juego de formas y volúmenes que sorprende, pero a la vez reconforta.
Pasear por estas vetustas calles puede convertirse en una experiencia inigualable. Cuenca es de esas ciudades que atesora esencias en sus más sencillos rincones. Hay plazoletas minúsculas que sin embargo poseen una incontenida belleza. Callejas que derivan en angostos túneles y puentes de hierro como el de San Pablo, que citan al visitante con una de las mas soberbias vistas de la capital. Su vegetación se rompe y trenza por los macizos de las hoces del Júcar y el Huécar, por los silenciosos ríos que circundan la añeja villa.
Al otro lado de la ciudad se halla el antiguo convento de San Pablo, hoy convertido en Parador de Turismo. Y al otro lado de la ciudad, suspendida bajo la hoz del Júcar, la iglesia de San Miguel acoge uno de los mas bellos paisajes urbanos de cuantos encierra Cuenca. La iglesia es de corte tardorománico y su artesonado es mudéjar, del mismo estilo que los interiores que predominan por los conventos, santuarios y templos del Bajo Aragón.

Este relato de Almudena Trobat ha sido escrito para La Caracola de Tinta Blanca.