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“Morente sueña la Alhambra” es una película y un disco. En ambos soportes el cantaor granadino ha
edificado una obra sublime, acompañado de algunos de los más célebres músicos del mundo.
El amor por la poesía le ha llevado a recuperar textos esclarecedores de María Zambrano, Luis Cernuda o Miguel
de Cervantes. Manuel Mateo Pérez dedica este ensayo a dos piezas: “Generalife” y “Donde habite el olvido”.
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| Generalife |
Por MANUEL MATEO PÉREZ
De los diez temas que componen el último trabajo de Enrique Morente hay
uno que no puedo dejar de escuchar. Se titula “Generalife” y está inspirado
en un poema de María Zambrano al que el cantaor granadino incorpora versos
tan bellos como los escritos por la filósofa malagueña. El poema “El
agua ensimismada” inspira la historia de amor que la esposa de Boabdil, último
rey árabe de Granada, mantuvo con el jefe de los Abencerrajes en la soledad
y la sombra del ciprés inclinado que se alza en uno de los patios del
Generalife.
“
Morente sueña la Alhambra” es el título de una película
y de un disco. Del disco hay dos piezas musicales que constituyen un sublime
ejercicio edificado por cuatro genios, dos de ellos vivos, dos de ellos muertos.
María Zambrano y Luis Cernuda, que ya no están, pusieron la letra;
la voz y la música han corrido a cargo de Enrique Morente y del guitarrista
de jazz Pat Metheny.
Hace unos días trascendieron las palabras de que el guitarrista norteamericano
dijo nada más terminar de grabar “Generalife”: “Nunca
había oído nada tan bonito”. Esas palabras cobran un especial
significado puestas en boca de uno de los mayores genios que ha dado la música
en las tres últimas décadas.
“
Generalife” es una pieza compleja, llena de calles y vericuetos que conducen
a lugares insospechados. “Generalife” es una pieza erigida a la vez
desde la fragilidad y la fortaleza, desde el misterio, el silencio y el sueño
de quien observa en soledad la Alhambra desde las calles estrechas, blancas y
sombreadas del Albayzín, advirtiendo o quizá anhelando las prohibiciones,
secretos y entredichos de un lugar que jamás podrá ser descifrado.
Enrique Morente humaniza la Alhambra, y más allá de los versos
de María Zambrano convierte en caricia, en susurro y desgarro “ese
fuego intocado” del lugar vedado. Cuando escribe y canta “ya cantan
los gallos amor mío vete, ya cantan los gallos vete vida mía” Morente
convierte el mármol en aire, el oro en llama y el cristal en lágrima.
Y cuando nos dice “si tú me miras te quedas” nos echa a la
cara que no hay mayor compromiso, mayor obligación y adeudo frente a uno
mismo que los ojos de la mujer que ama, capaces de hacer añicos las promesas
previas, las precauciones tangenciales, las distancias ficticias, los pensamientos
forzados e impropios.
No es extraño que Pat Metheny hallara con Morente una de las melodías
más bellas de cuantas ha compuesto. “Generalife” es una pieza
poliédrica e impura, una pieza que hay que escuchar varias veces hasta
hallar la salida. Al escucharla su música nos evoca el “This is
not America” que compuso para David Bowie, o el “Dream of the return” que
cantó Pedro Aznar. Metheny está en cada segundo, pero se hace evidente
cuando en los dos últimos minutos desata su guitarra en un estallido,
en una desgarra en la que uno lo imagina retorciéndose con los ojos cerrados
mientras sus dedos vuelan entre la horizontalidad de las cuerdas y los ecos de
los punteos.
“
Donde habite el olvido”, el poema de Luis Cernuda, discurre por callejones
más lentos y nocturnos. Enrique Morente no canta: recita y susurra, arrastra
los verbos del poeta hasta que Pat Metheny los eleva mientras Estrella, la hija
del cantaor, acicala los adjetivos, les lleva flores, los perfuma y los adormece
con sus ojos abismales y su cabello negro.
Hay otros temas en “Morente sueña la Alhambra”. Hay uno en
especial que porta los versos de San Juan de la Cruz, y otro más cuya
música –más bella que la letra- la compuso Astor Piazzola.
Pero “Generalife” y “Donde habite el olvido”, los dos
temas donde Pat Metheny se hace tan presente, son las joyas de un trabajo que
de algún modo recuerda aquellos otros versos que escribió el poeta
Ibn Zamrak y que están esculpidos en una de las salas del patio de los
Leones: “Jardín yo soy que la belleza adorna, sabrás mi ser
si mi hermosura miras”. Ahora mejor habría sido escribir: “Sabrás
mi ser si mi hermosura escuchas”.
Este texto está escrito en exclusiva para La Caracola de TINTA BLANCA
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