caracola. f. Concha de un
caracol marino de gran tamaño,
de forma cónica, que, abierta por
el ápice y soplando por ella produce
un sonido como de trompa.
número 3 | mayo 2005
 
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La escritora Almudena Trobat ha viajado hasta esa raya difusa que divide las tierras bajas de Sevilla y Cádiz, justo en aquel lugar donde el río Guadalquivir traza sus últimas curvas y sus aguas se confunden con los colores del océano Atlántico. Este es el relato de aquel viaje, poblado de descripciones, sensaciones, olores y alientos salinos.
LA ÚLTIMA CURVA DEL GUADALQUIVIR
Por ALMUDENA TROBAT

A un lado de la carretera que une Lebrija con Trebujena hay un corralón destartalado donde el esqueleto de un viejo coche sirve de techo y cobijo a un puñado de gallinas. Hay a la puerta del corralón un perro famélico y triste que no cesa de ladrar, y junto a la casa desconchada un pequeño aljibe, una alberca de paredes de ladrillo roto, que en otro tiempo debió recoger las aguas de un rico pozo. En el corralón un hombre viejo trabaja llevando trastos de un lado para otro. Tiene una mirada líquida y de su boca pende un cigarrillo agotado. El corralón está a los pies de un cerro, próximo a una rambla cegada por un ropón de hierba joven y fresca.

A lo lejos, al asiento de otros cerros, aparecen más cortijos. Desde la distancia semejan ser tan desvencijados y humildes como éste. No hay una sola arboleda, ni sombra ni reposo alguno ante la luz de la mañana. En medio del paisaje plano algún otero se encrespa y trata de sacar sus fuerzas hacia fuera, dibujando insinuantes formas femeninas.

Trebujena está sobre un cerro, sobre uno de los pocos cerros que reinan en este país falto de aristas. Los que aquí construyeron su primera casa sabían lo que hacían. Hace muchos años el paisaje plano que se extiende por los pies descalzos de Trebujena era rancho de marismas, tierra húmeda y pantanosa que ensanchaba sus brazos hasta las mismas orillas del Guadalquivir, confundiendo los paisajes, los límites y los cauces. De aquel mar interior no queda nada, apenas unos charcos ovalados que se secan con la llegada de la primavera. Resulta conmovedor recordar que hubo un tiempo en que toda esta región fue un ancho piélago cultivado, desde más arriba de Lebrija hasta las puertas de Sanlúcar, cercado a las curvas del río mayor de Andalucía.

El camino que sube a Trebujena está sembrado de cepas jóvenes. A la entrada del pueblo hay una cooperativa vinícola. Una alameda de árboles gatea hasta una calle mayor donde se erigen casonas de cierto postín. Sus fachadas son de un blanco puro, las puertas son anchas y altas, y las ventanas están cerradas con rejas de hierro que nacen de la misma acera. La plaza de Trebujena es soleada. En torno a un rectángulo crecen unas cuantas palmeras que sombrean a la caída de la tarde la iglesia de la Purísima Concepción. La iglesia fue levantada allá por el Dieciocho. Está toda encalada, limpia, exenta de artificios; el campanario tiene un aire muy vivo, un movimiento muy grácil y ligero en mitad de los vientos. A un lado se abre una puerta barroca, más antigua, restaurada no hará mucho. La puerta se llama del Perdón y está fechada en 1624. Por dentro, el templo de la Inmaculada es sencillo, franco, proporcionado a las medidas del pueblo labriego. Tiene capillas comedidas, altares pequeños, imágenes modestas, perfumadas con flores frescas, envueltas por la oración de las viejas y el humo del incienso.

Las calles que trepan hasta lo alto del pueblo terminan en una plazoleta mínima donde se sienta la ermita de Nuestra Señora de Palomares. Trebujena se acaba manzanas más allá, entre cocheras abiertas, corrales y patios con puertas falsas. La carretera que le da la espalda traza sus curvas por mitad de un campo de parras bajas que termina cayendo en suave cuesta hasta las tierras rasas de la marisma. La carretera está poco frecuentada. Hay balsas de agua estancada en las márgenes del asfalto. Un cortijo grande, crecido en un alcor de la marisma, enseña airoso su espadaña donde lucen azulejos dibujados con el rostro de una virgen piadosa. La carretera termina a orillas del Guadalquivir, ante un parapeto a modo de barranco en donde crecen sin orden yerbajos y flores silvestres. De su cruce sale una pista que acompaña al río en su descenso. Es una pista a medio asfaltar, agrietada y pedregosa. De vez en cuando algún coche, algún camión, la atraviesa camino a las huertas y los invernaderos que circundan Bonanza.

Al Guadalquivir le salen unas barbas en su centro. Son barbas pardas y terrosas cuyos penachos balancean las boyas que sirven de marca e itinerario a los barcos que suben y bajan de Sevilla. Al fondo, en la otra orilla del río, los pinares de Doñana ocultan entre sus copas las llanuras de lucios y los brazos de agua dulce. Más abajo, en esa caricia eterna que el río profesa a Bonanza, el Guadalquivir parece cobijar un semblante melancólico, una expresión taciturna y mustia, ajada y abatida entre los pinares de la Algaida y los cantos arenosos del muelle pesquero. El Guadalquivir presagia la cercanía del océano, la proximidad de su muerte, la inminencia de un pequeño delta que lo borrará para siempre.

Quien más padece estas tristezas es el sol que se posa a la caída de la tarde entre los conos de las salinas, entre los arroyos tiernos y la espesura de los pinos. Es un sol oriental y místico, pintado con tintes cinematográficos desde que Spielberg rodara por estos contornos una de sus películas. Cuando al fin el sol zambulle su óvalo entre los pliegues del horizonte el calor se derrite, la luz se agota, la tarde se diluye. El cielo estalla entonces en una sinfonía de colores enternecedores. Una sábana rosácea y anaranjada lo abriga. La noche y sus sombras no tardarán en llegar.

Este relato de Almudena Trobat ha sido escrito para La Caracola de Tinta Blanca.