caracola. f. Concha de un
caracol marino de gran tamaño,
de forma cónica, que, abierta por
el ápice y soplando por ella produce
un sonido como de trompa.
número 6 | octubre 2005
 
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La serie “Cartografías urbanas” que la escritura Eva Díaz Pérez escribió para El Mundo de Andalucía pasea este mes por la capital de Cuba. La Habana, con sus achaques y su vetustez, guarda en sus barrios coloniales muchos de los alientos estéticos inspirados desde tierras andaluzas. Como nos recuerda la autora, La Habana y Sevilla son dos ciudades hermanas, alimentadas por una misma madre.

La Habana. Paseo de las Guajiras
Por EVA DÍAZ PÉREZ

La Habana y Sevilla son dos ciudades plantadas en la misma coordenada que une a las tierras lánguidas, como adormecidas, que sirven de excusa a los viajeros septentrionales para dejarse llevar por los instintos. Anaïs Nin escribiendo cartas eróticas –«de indolencia onírica»– desde La Habana es como Pierre Louÿs dibujando cartografías de los lupanarios sevillanos.
El realizador Benito Zambrano estrenó hace unos meses su película Habana Blues en la que destripa la ciudad cubana para hacerla paisaje universal de una historia de sentimientos. Exactamente el mismo ejercicio que hizo con Solas, cuando Sevilla aparece sólo sugerida como fondo de una crónica de tristezas.
Sevilla y La Habana son dos ciudades tristes. No hay más que contemplar sus crepúsculos. Cernuda dijo de su Sevilla natal que era un lugar manejado por la fantasmagoría de la luz, y de La Habana que había que conocerla mirando hacia arriba donde en las nubes vibraban los colores ensordecidos.
La Habana es como una Sevilla derruida que hace mucho que dejó de tener el orgullo de la decadencia. La Habana fue bombardeada por el tiempo, y la lluvia cae como un óxido que lamiera sus viejas casas para luego yacer en charcos sucios. El sol hace el resto. Alejo Carpentier recuerda en La ciudad de las columnas que Humboldt describía las calles cubanas como mal trazadas, pero él afirma que es un rasgo de sabiduría porque el calor obliga a juguetear con el sol, a robarle zonas de sombra. ¿Y cómo son las cartografías de Sevilla? Laberintos de crucería, engaño de adarves, calles angostas en las que sólo se cuela el aire o la sombra. En el fondo, La Habana es como una Sevilla de espejuelos barrocos con luz de melaza, como ese color de piel de cangrejo que a veces se le pone a Triana, según decía Zóbel.
Hay una Triana en La Habana, el barrio de ultramar de Regla adonde se llega en una lancha que se llama Giraldilla, porque para qué olvidarlo desde los cielos de Sevilla y La Habana hay dos gigantas de bronce que se miran de frente cuando lo permiten los vientos. La Giraldilla de Sevilla es más sobria, estirada y seria señora europea nacida en los tiempos de la Contrarreforma. La Giraldilla habanera es moza descarada que se insinúa mostrando lo que la otra sólo enseña. La Giraldilla habanera es el logotipo de un equipo de beisbol y de las etiquetas del ron Havana Club y la sevillana está tan repetida en la iconografía del souvenir que daría todo por escapar en un vendaval.
A Sevilla llegaron los bisabuelos de la Guerra de Cuba dibujando el desastre en sus uniformes de rayadillo manchados de sangre seca y de bacilos del vómito negro. En el barco Giralda vinieron en 1899 los huesos de Colón –o lo que fuera– desde La Habana perdida y se quedaron vacíos los mostradores de las tiendas de ultramarinos y coloniales con el olor de los frijolitos negros en tardes de guarapo, pan de azúcar o melaza. Solas se quedaron las cigarreras de Sevilla mientras allí las mulatas seguían enrollando los vegueros en los muslos sudados y la Virgen de la Caridad del Cobre se batía en duelo con la Macarena.
Habría que pasear por calles de la vieja Sevilla escuchando guajiras y guarachas, atravesando casas derruidas con los balcones ojerosos de humedad, heridas de jaramagos, como si se anduviera por una Habana de salitre dulzón y champola, el suelo lleno de cajeles que son como naranjas rebeldes. Y lo mismo pasaría atravesando el Malecón o las mansiones del Vedado y Miramar en las que se oyen los llantos de sus antiguos dueños, los ricos que huyeron cuando llegó Fidel para imponer su dictadura de silencios y miserias con porteras confidentes en cada cuadra.
Crujen mecedoras de rejilla en los patios que describiera Cabrera Infante que buscó en sus últimas días una casa en Sevilla que se pareciera a su Habana perdida. Llega el soplo de marea a esos patios como si subiera desde el mar habanero. Hay caserones en Sevilla en los que aún se podrían descubrir las calaveras de los gatos y las flores podridas del palacete colonial de Dulce Loynaz. Aunque quizás lo más sevillano que haya ahora en La Habana sea Abelardo Linares buscando libros de viejo por la calle del Obispo, la calle preferida de Lezama Lima. Porque a La Habana hay que mirarla desde la esquina del ojo, como escribió Sartre al darse cuenta de que padecía retinosis pigmentaria que al parecer afecta a los viajeros cuando visitan estas ciudades enterradas entre los sudarios de su propia reinvención.