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La serie “Cartografías urbanas” que la escritura Eva Díaz Pérez escribió para El Mundo de Andalucía pasea este
mes por la capital de Cuba. La Habana, con sus achaques y su vetustez, guarda en sus barrios coloniales
muchos de los alientos estéticos inspirados desde tierras andaluzas. Como nos recuerda la autora,
La Habana y Sevilla son dos ciudades hermanas, alimentadas por una misma madre.
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| La Habana. Paseo de las Guajiras |
Por EVA DÍAZ PÉREZ
La Habana y Sevilla son dos ciudades plantadas en la misma coordenada que une
a las tierras lánguidas, como adormecidas, que sirven de excusa a los
viajeros septentrionales para dejarse llevar por los instintos. Anaïs
Nin escribiendo cartas eróticas –«de indolencia onírica»– desde
La Habana es como Pierre Louÿs dibujando cartografías de los lupanarios
sevillanos.
El realizador Benito Zambrano estrenó hace unos meses su película
Habana Blues en la que destripa la ciudad cubana para hacerla paisaje universal
de una historia de sentimientos. Exactamente el mismo ejercicio que hizo con
Solas, cuando Sevilla aparece sólo sugerida como fondo de una crónica
de tristezas.
Sevilla y La Habana son dos ciudades tristes. No hay más que contemplar
sus crepúsculos. Cernuda dijo de su Sevilla natal que era un lugar manejado
por la fantasmagoría de la luz, y de La Habana que había que conocerla
mirando hacia arriba donde en las nubes vibraban los colores ensordecidos.
La Habana es como una Sevilla derruida que hace mucho que dejó de tener
el orgullo de la decadencia. La Habana fue bombardeada por el tiempo, y la lluvia
cae como un óxido que lamiera sus viejas casas para luego yacer en charcos
sucios. El sol hace el resto. Alejo Carpentier recuerda en La ciudad de las columnas
que Humboldt describía las calles cubanas como mal trazadas, pero él
afirma que es un rasgo de sabiduría porque el calor obliga a juguetear
con el sol, a robarle zonas de sombra. ¿Y cómo son las cartografías
de Sevilla? Laberintos de crucería, engaño de adarves, calles angostas
en las que sólo se cuela el aire o la sombra. En el fondo, La Habana es
como una Sevilla de espejuelos barrocos con luz de melaza, como ese color de
piel de cangrejo que a veces se le pone a Triana, según decía Zóbel.
Hay una Triana en La Habana, el barrio de ultramar de Regla adonde se llega en
una lancha que se llama Giraldilla, porque para qué olvidarlo desde los
cielos de Sevilla y La Habana hay dos gigantas de bronce que se miran de frente
cuando lo permiten los vientos. La Giraldilla de Sevilla es más sobria,
estirada y seria señora europea nacida en los tiempos de la Contrarreforma.
La Giraldilla habanera es moza descarada que se insinúa mostrando lo que
la otra sólo enseña. La Giraldilla habanera es el logotipo de un
equipo de beisbol y de las etiquetas del ron Havana Club y la sevillana está tan
repetida en la iconografía del souvenir que daría todo por escapar
en un vendaval.
A Sevilla llegaron los bisabuelos de la Guerra de Cuba dibujando el desastre
en sus uniformes de rayadillo manchados de sangre seca y de bacilos del vómito
negro. En el barco Giralda vinieron en 1899 los huesos de Colón –o
lo que fuera– desde La Habana perdida y se quedaron vacíos los mostradores
de las tiendas de ultramarinos y coloniales con el olor de los frijolitos negros
en tardes de guarapo, pan de azúcar o melaza. Solas se quedaron las cigarreras
de Sevilla mientras allí las mulatas seguían enrollando los vegueros
en los muslos sudados y la Virgen de la Caridad del Cobre se batía en
duelo con la Macarena.
Habría que pasear por calles de la vieja Sevilla escuchando guajiras y
guarachas, atravesando casas derruidas con los balcones ojerosos de humedad,
heridas de jaramagos, como si se anduviera por una Habana de salitre dulzón
y champola, el suelo lleno de cajeles que son como naranjas rebeldes. Y lo mismo
pasaría atravesando el Malecón o las mansiones del Vedado y Miramar
en las que se oyen los llantos de sus antiguos dueños, los ricos que huyeron
cuando llegó Fidel para imponer su dictadura de silencios y miserias con
porteras confidentes en cada cuadra.
Crujen mecedoras de rejilla en los patios que describiera Cabrera Infante que
buscó en sus últimas días una casa en Sevilla que se pareciera
a su Habana perdida. Llega el soplo de marea a esos patios como si subiera desde
el mar habanero. Hay caserones en Sevilla en los que aún se podrían
descubrir las calaveras de los gatos y las flores podridas del palacete colonial
de Dulce Loynaz. Aunque quizás lo más sevillano que haya ahora
en La Habana sea Abelardo Linares buscando libros de viejo por la calle del Obispo,
la calle preferida de Lezama Lima. Porque a La Habana hay que mirarla desde la
esquina del ojo, como escribió Sartre al darse cuenta de que padecía
retinosis pigmentaria que al parecer afecta a los viajeros cuando visitan estas
ciudades enterradas entre los sudarios de su propia reinvención.
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