caracola. f. Concha de un
caracol marino de gran tamaño,
de forma cónica, que, abierta por
el ápice y soplando por ella produce
un sonido como de trompa.
número 6 | octubre 2005
 
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Hace unos días El Caminante, el suplemento de turismo y viajes de El Mundo de Andalucía, publicó un número especial dedicado al turismo de interior. A Javier González, escritor, creador y coordinador general de la revista Mercurio, se le pidió un ensayo sobre este tema. El resultado es este texto agudo, lleno de ironía y sentido del humor donde González presta sus mejores metáforas y sus más iluminados verbos.

Interioridades del turismo
Por JAVIER GONZÁLEZ

Cuando se habla de turismo interior lo probable es que alguno se vaya por los cerros de Úbeda, que no por casualidad están tierra adentro y son motivo de embeleso para el turista de interior. Quiere decirse que todo lo interior, aplicado incluso al turismo como negocio de paisajes, provoca interioridades, reflexiones, sesudeces que también tienen que ver con la amplia anatomía del ocio. Turismo interior o turismo costero. Turismo de cortijada o turismo de sol y boquerón. Hasta para esta organización de la inquietud como son nuestros ocios viajeros, existe una especie de batalleo por ver dónde se halla la esencia sublime del viaje, si tierra adentro o no. Probablemente éstas no sean más que abstracciones algo insensatas; pero ya se ha dicho antes que más de uno tiende a perderse por los cerros de Úbeda, que es como hacer turismo interior por entre los picachos de la divagación. Veamos si no.
Lo que damos en llamar Andalucía tiene mucho de cartografía de talla XXL: casi 800 kilómetros de rompeolas a todo lo largo de su litoral, y 87.268 kilómetros cuadrados de extensión en bruto. Con tanta protuberancia natural, es normal que esta tierra acabe avasallando a cualquier turista sensato que quiera visitarla en tiempo moderado. Stendhal quiso pasarse de listo diciendo que este paraíso andaluz era una de las más amables residencias que la voluptuosidad había puesto sobre la tierra. Gracias. El problema fue que Stendhal, el orondo y enamoradizo Stendhal, no puso nunca pie en Andalucía, por lo que no pudo fatigarse su más que elogiada voluptuosidad. Conscientes de la variedad y del atracón cromático de nuestra tierra, la autoridad competente sobre Turismo lanzó hace tiempo una campaña de promoción/prevención contra los temores del –llamémosle así– “sobrepeso” del encanto andaluz. “Andalucía sólo hay una”, nos decían con publicidad elegante y música de flamenco chill-out. Con este turístico publimensaje se quiso transmitir probablemente la imagen de una Andalucía cómoda y abarcable, en formato de fin de semana, y no la de esa otra Andalucía más mareante e inacotable, reflejo de atlantismo y salitre mediterráneo, de campiñas y montuosidades, de urbanismo y ruralidad despaciosa, de nieves nazaríes y sudores de sartén ecijana, de vegas feraces y secarrales de la vieja y negra memoria jornalera... Y todo, como decimos, para no asustar al pobre turista común, anonadado con tanta pluralidad avasallante. Hace bien la autoridad en lanzar estos mensajes así, como de atmósfera soft, llamando a la calma viajera: “Andalucía sólo hay una”, y no mil.
Antes de que llegara esta campaña para relajarnos a todos, autóctonos y foráneos, se resumía lo andaluz echando mano de lo dúplice. Así se ha hablado siempre de la parte oriental y la occidental, que era y sigue siendo una forma muy tradicional de entender la doblez andaluza para casi todo (folclore, mala uva, incluso la información del tiempo). También existía esa otra dualidad de bocoye que se inventó el poeta Rafael Porlán. Porlán, poeta del 27, de ese 27 menor del que pedantescamente hablan los críticos criticables, llamó al pan pan y sobre todo al vino vino cuando dijo que sólo había dos Andalucías. ¿Cuáles? La Andalucía del vino de Jerez, más dionisíaca, con su hondo lagar de corazón púrpura; y la otra del vino de Montilla, con su prestancia fina, apolínea. Con esto de la dualidad estándar, también surgió el manido y discutible debate entre voto rural y voto urbano, que hace de Andalucía una urna de dos paisajes electorales bien distintos (eso sí, poco recomendables los dos). O sea, que dualidades para lo andaluz hay para parar un tren (siempre que no sea el AVE, se entiende).
Y es aquí donde, hablando de dualidad y dualismo de lo andaluz, llegamos a este digamos que rifirrafe de intereses y mercadeo viajeril entre turismo de costa y turismo interior, que es el que ahora celebra evento en Jaén con el nombre de Feria de Turismo Interior “Tierra Adentro”. Sin que se enfade el turista atraído por la erótica del chiringuito, parece como que el turista interior es más sensible al llamado de la curiosidad entre pueblos. Parece también que cumple mejor con el curioso Código Ético Mundial para el Turismo, que así se llama, aprobado no hace mucho ni más ni menos que por la mismísima ONU. Dicho Código le va de perlas al ávido y aplicado turista de interior, ese nómada de la cultura transfronteriza. En efecto, este Código para turistas de elite cultural pretende fomentar el conocimiento del patrimonio legado por nuestros antepasados, así como la cultura de los diferentes pueblos planetarios, de manera que cumpliendo a rajatabla lo dicho en el Código, el buen turista de interior habrá contribuido a la paz mundial, según reza su articulado.
Pongamos así por caso, por ejemplo, que nos visita un turista de interior venido de las repúblicas bálticas. Pongamos que lo llevamos “Tierra Adentro” y le damos a oler un brasero de cisco para que alucine y entre en “agro-éxtasis” rural. O pongamos que lo vestimos de bandolero patilludo para que recorra la Ruta de los Pueblos de El Tempranillo, convertido en serrano y rubio sex-symbol, con su apodo de “Curro el del Báltico”. O pongamos, en fin, que le damos a leer (en oportuna traducción simultánea) la Teoría de Andalucía de Ortega y Gasset, para que así presuma de indolencia metafísica, sentado a la sombra de una buena higuera, y practique senequismo por aquello de la influencia meridional de la siesta en nuestras venas. Con sólo este apresurado menú de turismo interior a la andaluza, nuestro turista venido de los fríos bálticos se habrá convertido en embajador intercultural, en viajero de la paz mundial. Para que luego digan que el mundo no tiene arreglo.