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Hace unos días El Caminante, el suplemento de turismo y viajes de El Mundo de Andalucía, publicó un número
especial dedicado al turismo de interior. A Javier González, escritor, creador y coordinador general de la
revista Mercurio, se le pidió un ensayo sobre este tema. El resultado es este texto agudo, lleno de ironía
y sentido del humor donde González presta sus mejores metáforas y sus más iluminados verbos.
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| Interioridades del turismo |
Por JAVIER GONZÁLEZ
Cuando se habla de turismo interior lo probable es que alguno se vaya por los
cerros de Úbeda, que no por casualidad están tierra adentro y
son motivo de embeleso para el turista de interior. Quiere decirse que todo
lo interior, aplicado incluso al turismo como negocio de paisajes, provoca
interioridades, reflexiones, sesudeces que también tienen que ver con
la amplia anatomía del ocio. Turismo interior o turismo costero. Turismo
de cortijada o turismo de sol y boquerón. Hasta para esta organización
de la inquietud como son nuestros ocios viajeros, existe una especie de batalleo
por ver dónde se halla la esencia sublime del viaje, si tierra adentro
o no. Probablemente éstas no sean más que abstracciones algo
insensatas; pero ya se ha dicho antes que más de uno tiende a perderse
por los cerros de Úbeda, que es como hacer turismo interior por entre
los picachos de la divagación. Veamos si no.
Lo que damos en llamar Andalucía tiene mucho de cartografía de
talla XXL: casi 800 kilómetros de rompeolas a todo lo largo de su litoral,
y 87.268 kilómetros cuadrados de extensión en bruto. Con tanta
protuberancia natural, es normal que esta tierra acabe avasallando a cualquier
turista sensato que quiera visitarla en tiempo moderado. Stendhal quiso pasarse
de listo diciendo que este paraíso andaluz era una de las más amables
residencias que la voluptuosidad había puesto sobre la tierra. Gracias.
El problema fue que Stendhal, el orondo y enamoradizo Stendhal, no puso nunca
pie en Andalucía, por lo que no pudo fatigarse su más que elogiada
voluptuosidad. Conscientes de la variedad y del atracón cromático
de nuestra tierra, la autoridad competente sobre Turismo lanzó hace tiempo
una campaña de promoción/prevención contra los temores del –llamémosle
así– “sobrepeso” del encanto andaluz. “Andalucía
sólo hay una”, nos decían con publicidad elegante y música
de flamenco chill-out. Con este turístico publimensaje se quiso transmitir
probablemente la imagen de una Andalucía cómoda y abarcable, en
formato de fin de semana, y no la de esa otra Andalucía más mareante
e inacotable, reflejo de atlantismo y salitre mediterráneo, de campiñas
y montuosidades, de urbanismo y ruralidad despaciosa, de nieves nazaríes
y sudores de sartén ecijana, de vegas feraces y secarrales de la vieja
y negra memoria jornalera... Y todo, como decimos, para no asustar al pobre turista
común, anonadado con tanta pluralidad avasallante. Hace bien la autoridad
en lanzar estos mensajes así, como de atmósfera soft, llamando
a la calma viajera: “Andalucía sólo hay una”, y no
mil.
Antes de que llegara esta campaña para relajarnos a todos, autóctonos
y foráneos, se resumía lo andaluz echando mano de lo dúplice.
Así se ha hablado siempre de la parte oriental y la occidental, que era
y sigue siendo una forma muy tradicional de entender la doblez andaluza para
casi todo (folclore, mala uva, incluso la información del tiempo). También
existía esa otra dualidad de bocoye que se inventó el poeta Rafael
Porlán. Porlán, poeta del 27, de ese 27 menor del que pedantescamente
hablan los críticos criticables, llamó al pan pan y sobre todo
al vino vino cuando dijo que sólo había dos Andalucías. ¿Cuáles?
La Andalucía del vino de Jerez, más dionisíaca, con su hondo
lagar de corazón púrpura; y la otra del vino de Montilla, con su
prestancia fina, apolínea. Con esto de la dualidad estándar, también
surgió el manido y discutible debate entre voto rural y voto urbano, que
hace de Andalucía una urna de dos paisajes electorales bien distintos
(eso sí, poco recomendables los dos). O sea, que dualidades para lo andaluz
hay para parar un tren (siempre que no sea el AVE, se entiende).
Y es aquí donde, hablando de dualidad y dualismo de lo andaluz, llegamos
a este digamos que rifirrafe de intereses y mercadeo viajeril entre turismo de
costa y turismo interior, que es el que ahora celebra evento en Jaén con
el nombre de Feria de Turismo Interior “Tierra Adentro”. Sin que
se enfade el turista atraído por la erótica del chiringuito, parece
como que el turista interior es más sensible al llamado de la curiosidad
entre pueblos. Parece también que cumple mejor con el curioso Código Ético
Mundial para el Turismo, que así se llama, aprobado no hace mucho ni más
ni menos que por la mismísima ONU. Dicho Código le va de perlas
al ávido y aplicado turista de interior, ese nómada de la cultura
transfronteriza. En efecto, este Código para turistas de elite cultural
pretende fomentar el conocimiento del patrimonio legado por nuestros antepasados,
así como la cultura de los diferentes pueblos planetarios, de manera que
cumpliendo a rajatabla lo dicho en el Código, el buen turista de interior
habrá contribuido a la paz mundial, según reza su articulado.
Pongamos así por caso, por ejemplo, que nos visita un turista de interior
venido de las repúblicas bálticas. Pongamos que lo llevamos “Tierra
Adentro” y le damos a oler un brasero de cisco para que alucine y entre
en “agro-éxtasis” rural. O pongamos que lo vestimos de bandolero
patilludo para que recorra la Ruta de los Pueblos de El Tempranillo, convertido
en serrano y rubio sex-symbol, con su apodo de “Curro el del Báltico”.
O pongamos, en fin, que le damos a leer (en oportuna traducción simultánea)
la Teoría de Andalucía de Ortega y Gasset, para que así presuma
de indolencia metafísica, sentado a la sombra de una buena higuera, y
practique senequismo por aquello de la influencia meridional de la siesta en
nuestras venas. Con sólo este apresurado menú de turismo interior
a la andaluza, nuestro turista venido de los fríos bálticos se
habrá convertido en embajador intercultural, en viajero de la paz mundial.
Para que luego digan que el mundo no tiene arreglo.
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