Por MANUEL MATEO PÉREZ
Hoy parece imposible, pero hasta 1966 ningún puente salvaba
las aguas del río Tejo a la altura de Lisboa. Hasta aquel
año comunicarse con la otra orilla sólo era posible
en barco. Las obras del puente se iniciaron en 1962; sus ingenieros
plantearon una obra faraónica de dos mil y pico metros de
longitud, sostenida por dos brazos de ciento noventa metros de
alto, clavados a las profundidades del río con el propósito
de que ningún otro terremoto pudiera hacer trizas el nuevo
símbolo de la capital portuguesa.
El puente 25 de Abril se atraviesa en siete dulces minutos durante
los cuales el viajero intuye que la ciudad acabará por devorarlo
para siempre. Entrar en Lisboa tiene ese problema: Una vez conocida
es imposible despegarla de los pliegues del corazón.
Lo que hace insólita a Lisboa no es el río, ni la
memoria de sus descubridores, tampoco el jadeo de riqueza que trajeron
consigo sus colonias de Nuevo Mundo, ni siquiera el dramático
terremoto que la hundió aquel maldito 1 de noviembre de
1755. Lo que hace insólita a Lisboa es ese aliento extraño
que por aquí llaman saudade y que tiene que ver con el destino
y la desdicha, la nostalgia y la vejez, la pesadumbre y el abandono.
Es posible que en toda Europa no exista una ciudad más triste
y bella que ésta. Por sus calles y avenidas, por sus barrios
descoloridos y sus muelles humeantes, por sus castillos, sus iglesias
y conventos se pasean al atardecer las melodías de un fado,
que es como una eterna banda sonora que lo acompasa todo.
Comprender Lisboa llevaría una vida; pasearla, algo menos.
De modo que el caminante se echa a andar allá por la Baixa,
que es la ciudad que el marqués de Pombal dibujó en
papel tras las catástrofes de 1755. El Palacio Real estaba
aquí, frente al mar de Paja, que es como los lisboetas llaman
al estuario del Tejo. Hoy este luminoso espolón expuesto
a las brisas del río recibe el afectuoso nombre de Terreiro
do Paço. Un arco barroco abre el camino hacia la rua Augusta,
una avenida ancha y aristocrática que desemboca en el Rossío,
la plaza mayor donde hace siglos prendían las piras de sangrientos
autos de fe. Liberado de aquellos malos recuerdos, el Rossío
es a mediodía el lugar más animado de la capital.
A la sombra del teatro nacional Dona María II se citan las
floristas, los limpiabotas y los vendedores de lotería.
Las terrazas del café Nicola y de la pastelería Suiça
están atestadas de clientes, y por todos lados, a la sombra
de los edificios neoclásicos que abrazan la plaza, se percibe
un continuo ir y venir de gentes que buscan las calles estrechas
y huidizas de otras tramas urbanas como el Bairro Alto o el Chiado.
Lisboa es una ciudad de severas pendientes, de fronteras bien marcadas
entre las alturas de las siete colinas que la abrazan. Aquí un
mundo, allá otro. Por eso, el caminante entiende que entrar
en el elevador de Santa Justa, que proyectó un ingeniero
portugués seguidor de Gustave Eiffel, lo llevará a
otra realidad que empieza allí donde se alzan las ruinas
de la iglesia do Carmo. El terremoto de 1755 es un argumento que
lo arrastra todo. Aquel día la iglesia gótica de
los carmelitas mudó sus bóvedas de piedra por las
altas bóvedas del cielo. Y entre sus desabrigadas paredes
los lisboetas ubicaron un museo arqueológico que viaja por
las culturas que vivieron y crecieron a este lado del Tejo, aquí donde
el océano Atlántico es ya un presentimiento inmediato.
Los cronistas cuentan que el Bairro Alto lo fundaron acaudaladas
familias que abandonaron la Alfama por su mala reputación.
Aquello aconteció en el siglo XVI, pero tiempo después –fatalidades
del destino- estas mismas calles se convirtieron en un lupanar
donde hacían comercio las rameras más famosas del
país. Poco queda de aquellos tiempos. Las casas de lenocinio
son hoy tiendas de ultramarinos, talleres artesanales, cafés
y oficinas de creativos vinculados a las artes y el diseño.
A su lado se esparce el Chiado, algunas de cuyas manzanas más
emblemáticas fueron pasto del fuego un 25 de agosto de 1988.
Lisboa debió afrontar una vez más su aciago destino
y encargó al célebre arquitecto Álvaro Siza
la reconstrucción de aquellas calles que hoy acogen firmas
internacionales, elegantes restaurantes y librerías donde
el tiempo se resiste a entrar. En la rua Garret abre cada mañana
el café Brasilia. En sus puertas sigue uno de sus parroquianos
más fieles, el triste poeta Fernando Pessoa, vestido con
un nuevo traje de bronce, arrastrando sus versos y ajeno al ajetreo
de la muchedumbre apresurada que busca las sombras de la cercana
plaça Luis de Camões.
La rua da Misericórdia trepa hasta la iglesia de São
Roque, donde los mosaicos, los bronces y las piedras semipreciosas
cubren la portentosa capilla de São Joao Baptista. En la
capilla mayor se cita buena parte de la nómina del santoral
católico, y a sus pies los feligreses depositan reliquias
y oraciones. Al lado de la iglesia está el elevador da Glória
que baja hasta la plaça dos Restauradores, cuyo nombre recuerda
a aquellos portugueses que murieron en 1640 durante la guerra contra
España. Desde una de sus esquinas se advierte a lo lejos
el castelo de São Jorge, que es como un saurio en horas
de siesta, con una larga cola en forma de muralla que baja hasta
la torre de São Lourenço.
São Jorge es la cuna de la ciudad de Lisboa. Primero fue
un asentamiento visigodo, luego una atalaya árabe y tras
la victoria de Afonso Henriques, un castillo y un emblema. Hoy
São Jorge es un hermoso jardín, al lado de las callejuelas
estrechas del barrio medieval de Santa Cruz. La plaza de Armas
es uno de los miradores más deslumbrantes de la capital.
Desde sus esquinas se divisa la calma dorada del mar de Paja, los
parques periféricos, los barrios vetustos, los muelles y
la desembocadura del río.
Cuesta abajo hay un barrio blanco que es como una kasbah norteafricana
de callejones imposibles, escalinatas agotadoras y fachadas desvencijadas
donde cuelgan las sábanas blancas en las que duermen los
pescadores de la ciudad y los nuevos inquilinos llegados de Mozambique
y Cabo Verde. La Alfama evoca la herencia morisca de Lisboa, y
sus encantos se descifran por la rua de São Pedro donde
las varinas venden a primera hora de la mañana el peixe
espada que en pasadas madrugadas capturaron sus maridos por aguas
próximas a Madeira. Desde el miradouro de Santa Luzia hay
una vista que parece resumirlo todo. Allí están los
tejados del barrio, que son atalayas desde donde Lisboa conversa
con el Tejo. La rua de Limoeiro baja hasta la Sé, olvidando
a un lado la osamenta del viejo teatro romano. La catedral es como
una gran fortaleza románica, aligerada en su pesadez por
la fina belleza de su rosetón gótico. La ciudad cae
hasta buscar las orillas del río, y la avenida del Infante
don Henrique se extiende cauce adentro hacia el convento de Madre
de Deus, en cuyos claustros manuelinos toma asiento el museo del
azulejo.
Aún no ha acabado la visita. Aún queda Belém.
Lisboa no tendría sentido sin un espacio urbano que evocara
aquellos siglos en que Portugal abrió nuevos caminos, hasta
entonces desconocidos para la Europa de los siglos XV y XVI. Toda
Belém está consagrada a una misma idea: La era de
los Descubrimientos, en la que esta ciudad escribió algunos
de los episodios más ilustres de la Historia. Aquellas carabelas
capitaneadas por Magallanes y Vasco de Gama zarparon de estos muelles,
y la Torre de Belém, que hasta hace dos siglos estaba separada
de la costa, ejerció de santo y seña ante la desembocadura
del gran río. La Torre de Belém la mandó construir
el magnánimo Manuel I, como símbolo de la expansión
del reino que gobernaba. Al rey más famoso de Portugal se
debe la construcción del otro gran estandarte de la capital
lisboeta. El mosteiro dos Jerónimos resume el arte que aquel
monarca apellidó. Ante su iglesia de Santa María,
ante la bóveda que soportó los calambres del terremoto,
ante sus capillas y su deslumbrante claustro sólo cabe guardar
silencio y dejar que los ojos hablen.
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