caracola. f. Concha de un
caracol marino de gran tamaño,
de forma cónica, que, abierta por
el ápice y soplando por ella produce
un sonido como de trompa.
número 7 | noviembre 2005
 
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Lisboa, la ciudad más triste y bella de Europa
Por MANUEL MATEO PÉREZ

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Este ensayo fue publicado en la revista Geo y está dedicado a la capital lisboeta. El autor la recorre desde la sentimentalidad y la melancolía, como creyendo estar en la piel de algunos de los heterónimos de Fernando Pessoa. La “saudade” de esta capital –una de las más bellas de Europa- imprime el carácter de todo un país.

Lisboa, la ciudad más triste y bella de Europa

Por MANUEL MATEO PÉREZ

Hoy parece imposible, pero hasta 1966 ningún puente salvaba las aguas del río Tejo a la altura de Lisboa. Hasta aquel año comunicarse con la otra orilla sólo era posible en barco. Las obras del puente se iniciaron en 1962; sus ingenieros plantearon una obra faraónica de dos mil y pico metros de longitud, sostenida por dos brazos de ciento noventa metros de alto, clavados a las profundidades del río con el propósito de que ningún otro terremoto pudiera hacer trizas el nuevo símbolo de la capital portuguesa.
El puente 25 de Abril se atraviesa en siete dulces minutos durante los cuales el viajero intuye que la ciudad acabará por devorarlo para siempre. Entrar en Lisboa tiene ese problema: Una vez conocida es imposible despegarla de los pliegues del corazón.
Lo que hace insólita a Lisboa no es el río, ni la memoria de sus descubridores, tampoco el jadeo de riqueza que trajeron consigo sus colonias de Nuevo Mundo, ni siquiera el dramático terremoto que la hundió aquel maldito 1 de noviembre de 1755. Lo que hace insólita a Lisboa es ese aliento extraño que por aquí llaman saudade y que tiene que ver con el destino y la desdicha, la nostalgia y la vejez, la pesadumbre y el abandono. Es posible que en toda Europa no exista una ciudad más triste y bella que ésta. Por sus calles y avenidas, por sus barrios descoloridos y sus muelles humeantes, por sus castillos, sus iglesias y conventos se pasean al atardecer las melodías de un fado, que es como una eterna banda sonora que lo acompasa todo.
Comprender Lisboa llevaría una vida; pasearla, algo menos. De modo que el caminante se echa a andar allá por la Baixa, que es la ciudad que el marqués de Pombal dibujó en papel tras las catástrofes de 1755. El Palacio Real estaba aquí, frente al mar de Paja, que es como los lisboetas llaman al estuario del Tejo. Hoy este luminoso espolón expuesto a las brisas del río recibe el afectuoso nombre de Terreiro do Paço. Un arco barroco abre el camino hacia la rua Augusta, una avenida ancha y aristocrática que desemboca en el Rossío, la plaza mayor donde hace siglos prendían las piras de sangrientos autos de fe. Liberado de aquellos malos recuerdos, el Rossío es a mediodía el lugar más animado de la capital. A la sombra del teatro nacional Dona María II se citan las floristas, los limpiabotas y los vendedores de lotería. Las terrazas del café Nicola y de la pastelería Suiça están atestadas de clientes, y por todos lados, a la sombra de los edificios neoclásicos que abrazan la plaza, se percibe un continuo ir y venir de gentes que buscan las calles estrechas y huidizas de otras tramas urbanas como el Bairro Alto o el Chiado.
Lisboa es una ciudad de severas pendientes, de fronteras bien marcadas entre las alturas de las siete colinas que la abrazan. Aquí un mundo, allá otro. Por eso, el caminante entiende que entrar en el elevador de Santa Justa, que proyectó un ingeniero portugués seguidor de Gustave Eiffel, lo llevará a otra realidad que empieza allí donde se alzan las ruinas de la iglesia do Carmo. El terremoto de 1755 es un argumento que lo arrastra todo. Aquel día la iglesia gótica de los carmelitas mudó sus bóvedas de piedra por las altas bóvedas del cielo. Y entre sus desabrigadas paredes los lisboetas ubicaron un museo arqueológico que viaja por las culturas que vivieron y crecieron a este lado del Tejo, aquí donde el océano Atlántico es ya un presentimiento inmediato.
Los cronistas cuentan que el Bairro Alto lo fundaron acaudaladas familias que abandonaron la Alfama por su mala reputación. Aquello aconteció en el siglo XVI, pero tiempo después –fatalidades del destino- estas mismas calles se convirtieron en un lupanar donde hacían comercio las rameras más famosas del país. Poco queda de aquellos tiempos. Las casas de lenocinio son hoy tiendas de ultramarinos, talleres artesanales, cafés y oficinas de creativos vinculados a las artes y el diseño. A su lado se esparce el Chiado, algunas de cuyas manzanas más emblemáticas fueron pasto del fuego un 25 de agosto de 1988. Lisboa debió afrontar una vez más su aciago destino y encargó al célebre arquitecto Álvaro Siza la reconstrucción de aquellas calles que hoy acogen firmas internacionales, elegantes restaurantes y librerías donde el tiempo se resiste a entrar. En la rua Garret abre cada mañana el café Brasilia. En sus puertas sigue uno de sus parroquianos más fieles, el triste poeta Fernando Pessoa, vestido con un nuevo traje de bronce, arrastrando sus versos y ajeno al ajetreo de la muchedumbre apresurada que busca las sombras de la cercana plaça Luis de Camões.
La rua da Misericórdia trepa hasta la iglesia de São Roque, donde los mosaicos, los bronces y las piedras semipreciosas cubren la portentosa capilla de São Joao Baptista. En la capilla mayor se cita buena parte de la nómina del santoral católico, y a sus pies los feligreses depositan reliquias y oraciones. Al lado de la iglesia está el elevador da Glória que baja hasta la plaça dos Restauradores, cuyo nombre recuerda a aquellos portugueses que murieron en 1640 durante la guerra contra España. Desde una de sus esquinas se advierte a lo lejos el castelo de São Jorge, que es como un saurio en horas de siesta, con una larga cola en forma de muralla que baja hasta la torre de São Lourenço.
São Jorge es la cuna de la ciudad de Lisboa. Primero fue un asentamiento visigodo, luego una atalaya árabe y tras la victoria de Afonso Henriques, un castillo y un emblema. Hoy São Jorge es un hermoso jardín, al lado de las callejuelas estrechas del barrio medieval de Santa Cruz. La plaza de Armas es uno de los miradores más deslumbrantes de la capital. Desde sus esquinas se divisa la calma dorada del mar de Paja, los parques periféricos, los barrios vetustos, los muelles y la desembocadura del río.
Cuesta abajo hay un barrio blanco que es como una kasbah norteafricana de callejones imposibles, escalinatas agotadoras y fachadas desvencijadas donde cuelgan las sábanas blancas en las que duermen los pescadores de la ciudad y los nuevos inquilinos llegados de Mozambique y Cabo Verde. La Alfama evoca la herencia morisca de Lisboa, y sus encantos se descifran por la rua de São Pedro donde las varinas venden a primera hora de la mañana el peixe espada que en pasadas madrugadas capturaron sus maridos por aguas próximas a Madeira. Desde el miradouro de Santa Luzia hay una vista que parece resumirlo todo. Allí están los tejados del barrio, que son atalayas desde donde Lisboa conversa con el Tejo. La rua de Limoeiro baja hasta la Sé, olvidando a un lado la osamenta del viejo teatro romano. La catedral es como una gran fortaleza románica, aligerada en su pesadez por la fina belleza de su rosetón gótico. La ciudad cae hasta buscar las orillas del río, y la avenida del Infante don Henrique se extiende cauce adentro hacia el convento de Madre de Deus, en cuyos claustros manuelinos toma asiento el museo del azulejo.
Aún no ha acabado la visita. Aún queda Belém. Lisboa no tendría sentido sin un espacio urbano que evocara aquellos siglos en que Portugal abrió nuevos caminos, hasta entonces desconocidos para la Europa de los siglos XV y XVI. Toda Belém está consagrada a una misma idea: La era de los Descubrimientos, en la que esta ciudad escribió algunos de los episodios más ilustres de la Historia. Aquellas carabelas capitaneadas por Magallanes y Vasco de Gama zarparon de estos muelles, y la Torre de Belém, que hasta hace dos siglos estaba separada de la costa, ejerció de santo y seña ante la desembocadura del gran río. La Torre de Belém la mandó construir el magnánimo Manuel I, como símbolo de la expansión del reino que gobernaba. Al rey más famoso de Portugal se debe la construcción del otro gran estandarte de la capital lisboeta. El mosteiro dos Jerónimos resume el arte que aquel monarca apellidó. Ante su iglesia de Santa María, ante la bóveda que soportó los calambres del terremoto, ante sus capillas y su deslumbrante claustro sólo cabe guardar silencio y dejar que los ojos hablen.