caracola. f. Concha de un
caracol marino de gran tamaño,
de forma cónica, que, abierta por
el ápice y soplando por ella produce
un sonido como de trompa.
número 2 | abril 2005
 
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MEMORIAS DE CENIZAS
Por EVA DÍAZ PÉREZ

La Historia aún guarda episodios poco conocidos como la trágica crónica de los erasmistas españoles, pero si hay un tema ignorado quizás de forma deliberada es el de la Andalucía de la Reforma, territorio novelesco casi virgen. Memoria de cenizas relata los sucesos ocurridos a mediados del siglo XVI en Sevilla cuando se descubre la existencia de un foco erasmista formado por nobles, doctos eclesiásticos y la comunidad de clérigos del Monasterio de San Isidoro del Campo, situado a las afueras de la ciudad, junto a las ruinas de Itálica. Tres terribles autos de fe crearon el terror en la ciudad mercenaria y opulenta, sagrada y sacrílega, dominada por tres procesiones: la de la plata de las Indias, la de la exuberancia de los ídolos del Corpus de la Contrarreforma y la de las comtivias de herejes al quemadero.

A pesar de las persecuciones del Santo Oficio, varios monjes lograron huir a la Europa reformada, entre ellos los clérigos que luego traducirán la famosa Biblia del Oso, primera versión completa al castellano de los libros sagrados y obra condenada por la Inquisición. También entre los luteranos, anglicanos y calvinistas estos personajes olvidados por la historia oficial fueron perseguidos por su humanismo heterodoxo, por pensar y atreverse a leer lo prohibido, por seguir el espíritu de su tiempo: el Renacimiento clásico en la época de las intolerancias religiosas.

FRAGMENTOS:

Pág. 111: “Ahora había que limpiar el barro y arreglar todos los destrozos, pero quedaba la amenaza de las epidemias que siempre acechaban bajo el fango que el Guadalquivir había dejado como semilla maldita de muerte. La Desnarigada se había cebado con su guadaña y recogía las carnes azules de los ahogados. Ya la gusanera corroía las vísceras que en la víspera habían palpitado a causa del terror, porque era la dama oscura la reina que se paseaba por la ciudad de Sevilla sobre una alfombra negra de muerte, tocando con chirimías calavéricas las danzas macabras de todos los que en el mundo han sido. Los cuerpos pestíferos por el sol implacable del mes de junio ya en nada recordaban a las hermosas damas, a los dignos caballeros, a los graves clérigos o a los astutos murcios y pícaros”.

Pág. 116: “Tenía el castillo de la Inquisición hasta diez torres, todas con un nombre y, a pesar de que Francisco de Zafra conocía muy bien todas las estancias y lo que se fraguaba dentro de ellas, ese día sintió un temor desconocido al mirar con otros ojos los tétricos espacios. Porque sabía que en la parte baja de la torre de San Jerónimo estaba la cámara de los tormentos y que muy cerca, bajando por unas estrechas escaleras se llegaba hasta la Sala del Secreto, donde se tomaban macabras decisiones sobre el futuro de los reos condenados. Y hasta le resultó nuevo el olor agrio de las dependencias administrativas en las que reposaban los miles de legajos que guardaban tantas culpas, tantas míseras vidas condenadas al fuego, nombres desaparecidos porque su memoria había sido borrada con el viento que se llevó sus cenizas. Al atravesar el segundo de los patios, miró la oscuridad profunda de las cárceles bajas que siempre quedaban inundadas tras las riadas y aun con unas pocas lluvias y que incluso en verano sus paredes exhalaban un aliento congelado y húmedo que penetraba en los huesos hasta la médula del desdichado cuyos ojos jamás volverían a adaptarse a la luz natural del sol”.

Pág. 142: “En eso cavilaba cuando comenzó a sonar la música estridente de unas trompetas y chirimías que festejaba la llegada de las riquezas del nuevo mundo. Ya fondeados los primeros navíos, se inició el soberbio y tumultuoso cortejo. De los vientres de los barcos se sacaba la plata del Potosí de forma que parecía que a la ciudad le habían nacido de las aguas del Guadalquivir un nuevo espejo. Así se reflejaban sus perfiles y era posible ver la ribera del arrabal de Triana o el del Arenal y todo el horizonte de urcas, cofas, mástiles y aparejos en la superficie del río que vomitaba aquellos lujos. Cómo era contemplar la imagen de la ciudad sumergida en el reflejo, en la plata que, al menos por unas horas, era suya.

Porque no había más que aguzar la vista para comprobar que entre el desorden del cortejo ya se habían apostado las sombras de los pícaros, los mercachifles, los sablistas, los timadores y los mendigos, aunque, y eso bien lo sabía Constantino que miraba extasiado el bullicio, no recogerían más que las migas podridas de aquel banquete. De todos era conocido que la plata que llegaba a puerto no era toda la que había viajado desde ultramar, sino que había todo un negocio de mercaderes tramposos expertos en las llamadas arribadas maliciosas, que se ocupaban de hacer desembarcos alejados del puerto de Sevilla para sacar mercancías que no pasarían por el registro de las aduanas. Que así era esta plata que más bien parecía puñado de arena que huía de las manos derramándose entre los dedos de sus dueños de paso”.

Pág. 253: “Ya estaba todo preparado para el auto de fe en la Plaza de San Francisco que había convertido su suelo y fachadas en un escenario de terciopelos rojos y negros para albergar tan gran acontecimiento. (…) Así, entre las lecturas de muerte se paraba para que pasaran las escudillas de loza y barro cargadas con torreznos, capones asados y hasta empanadas con vientre de puerco adobado. Pero las brisas traían los aires de gula de todas las partes de Sevilla, que así se celebraba la muerte: panes de figos con manteca de Flandes, carnes en tasajos para estómagos de pobres, sopas de ajo, platos limosneros y exquisitas frutas de sartén y de manjar blanco”.