caracola. f. Concha de un
caracol marino de gran tamaño,
de forma cónica, que, abierta por
el ápice y soplando por ella produce
un sonido como de trompa.
número 7 | noviembre 2005
 
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Lisboa, la ciudad más triste y bella de Europa
Por MANUEL MATEO PÉREZ

México DF. El azogue perdido y enterrado
Por EVA DÍAZ PÉREZ

Los caminos tibetanos del mediodía
Por ALMUDENA TROBAT

   
   
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La escritora y periodista de El Mundo de Andalucía Eva Díaz Pérez nos acompaña este mes de diciembre con otro capítulo de su serie “Cartografías Urbanas”. Tras recorrer Buenos Aires y La Habana, la autora de “Memorias de ceniza” (Fundación Lara) nos invita a pasear los barrios coloniales de la capital mexicana bajo el influjo poético y evocador de cuantos escribieron sobre esta ciudad vibrante y apasionada.

México DF. El azogue perdido y enterrado

Por Eva Díaz Pérez

Hay un espejo enterrado en algún lugar de Sevilla. La obsidiana permite apreciar el perfil de otra ciudad de olores volcánicos. Algunas veces, el soplo de marea que llega del Guadalquivir roza el azogue oculto y un aire de mezcal invade Sevilla. Las tabernas castizas se rebelan entonces como pulquerías clandestinas.
Hubo un tiempo en que México fue el reflejo de Sevilla. Por eso, aún resiste la tierra y los siglos ese espejo enterrado en algún lugar de la ciudad. Eran los años de las riquezas de ultramar, cuando en los vientres de las galeras de Indias se arrastraban barbas de algas que traían enredados a los viejos dioses mexicas. Hay quien cuenta extrañas leyendas sobre una tarde ambarina en la que Izcóatl, Axayácatl y Tizoc se colaron en los retablos barrocos de Sevilla para expulsar de sus altares a los dioses autóctonos. Nunca más se supo de los airados dioses mexicas. Quizás aún divaguen como espectros en los sótanos de las capillas buscando cómo regresar a Tenochtitlán, capital de la Nueva España.
Ciudad de México es una ciudad que se hunde. ¿Cómo soportó el peso de 40.000 exiliados y todo su lastre de toneladas de nostalgia? Esos exiliados podrían dibujar unas cartografías que relacionan Sevilla y México. Por ejemplo, Cernuda que allí se reencontró con su memoria. «Estabas en tu sitio, o en un sitio que podía ser tuyo; con todo o con casi todo concordabas, y las cosas, aire, luz, paisaje, criaturas, te eran amigas», decía en Variaciones de un tema mexicano.
Y allí está el jardín del destierro, donde reposan tantos poetas exiliados. En las cartografías mexicanas hay lugares que parecen reflejos de ese espejo enterrado. Son los cafés que los desterrados recrearon a imagen y semejanza de lo que habían perdido. Qué amargo el café de la tarde cuando se volvía frío y sórdido en el fondo de las tazas. Hay cafés en México que podrían recordar el perdido Café Nacional de Sierpes. Pedro Garfias –borracho de versos y tristeza– aún debe estar vagando por los cafés de México, como hizo en Sevilla cuando era un ultraísta de la revista Grecia y lanzaba piedras contra la casa de Luis Montoto.
Los exiliados dibujaron unas cartografías tristes de México. Como Buñuel en Los Olvidados, donde parece que se hubiera asomado al chabolario del Vacíe, pero trasladado a un México con niños tirados por una ciudad que se vuelve monstruosa, que se traga a sus propios hijos para vomitarlos en los vertederos.
Guarda imágenes curiosas este espejo enterrado. En Sevilla, cuando se derrama la oscuridad de convento de noviembre, se comen huesos de santos y reaparecen los espectros. Mientras, en el otro lado del azogue, los mexicanos celebran sus muertecitos con calaveras de dulces en el mes de agosto. Y ofrecen mazorcas, flores, encienden copal para aromatizar el ambiente y comen Pan de Muerto compartiendo las viandas preferidas de sus difuntos en una jornada de cementerios. Extraños lados del mismo espejo.
¿ Qué lugar en Sevilla se parecerá a la Avenida de los Insurgentes?_Un aroma de chile mole y guayaberas atraviesa la Avenida de la Palmera, donde se descubre el pabellón dedicado a México en la Exposición del 29. Y en la Cartuja a veces huele a frijoles húmedos y chile verde, muy cerca de donde se encuentra el pabellón mexicano de la Expo de 1992. Porque algo permaneció del color del pulque.
No hay que olvidar a los gachupines que quedaron allá: Bartolomé de las Casas, el impresor Cromberger –que llevó desde Sevilla la primera imprenta a las Indias– o Mateo Alemán, del que se pierde la pista en algún lugar de México. Y tantos poetas de naranjas y olivas que escribieron metáforas a la papaya y el mamey y así criaron una raza cruzada de criollos de sangre dulce y vísceras saladas.
Allá en el legendario Salón México hay un balanceo de olas oceánas. Un aire que trajo Carlos Fuentes cuando leyó en Sevilla su pregón taurino y Hugh Thomas, su presentador, dijo que Sevilla inventó a México. «Llego a Sevilla y busco en Sevilla las voces», afirmaba Fuentes que escribió un libro fundamental que llamó, claro, El espejo enterrado. ¿Lo encontraría?