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Tras los dramáticos atentados en Londres el abogado e intelectual
Jerónimo
Páez ha reflexionado en las páginas de opinión de “El
País” sobre la
confrontación que separa oriente de occidente. El director de la Fundación
El Legado Andalusí analiza desde la libertad, el compromiso y el profundo
conocimiento de aquellas realidades cuáles son las causas de la separación
que hoy viven estas dos culturas.
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| ¿Problema musulmán o violencia occidental? |
Por JERÓNIMO PÁEZ
Numerosos son los razonamientos que utilizamos para tratar de explicar el
terrorismo islamista que cada día nos sorprende más y comprendemos
menos.
Con frecuencia consideramos que se debe a condiciones socio-económicas,
pobreza, analfabetismo, marginación, - olvidando a veces la explosión
demográfica -, también al fracaso de la democratización
de las sociedades
musulmanas, al conflicto palestino-israelí, a la doble moral de Occidente.
No cabe duda de que todas ellas, en mayor o menor medida, tienen su
influencia. Pero también es verdad que el terrorismo islamista responde
a
causas específicas del mundo musulmán. En otros lugares se dan
situaciones
parecidas o similares y no ha surgido esta fanática violencia.
En este sentido, y consternado por la barbarie de los atentados, hay quienes
como Thomas L. Friedman, el influyente cronista del New York Times, afirma
que es “un problema musulmán que debe tener, por tanto, una solución
musulmana” y que existe una cultura yihadista que estas sociedades deben
condenar y deslegitimar. Añade que está provocando un abismo entre
Oriente y
Occidente que nos acerca al choque de civilizaciones, tesis que pusieron de
moda algunos intelectuales norteamericanos, entre ellos Samuel Huntington en
su conocida obra al respecto. Sin embargo, Friedman no se refiere tanto a
Huntington, tan denostado como poco leído, y que en algunos pasajes de
su
libro analiza las contradicciones de Occidente, sino a Bernard Lewis, el
gran orientalista, profundamente conservador, que fue el verdadero creador
de este nuevo paradigma, que vino a sustituir al de la guerra fría, cuando
el año 1990 publicó un artículo que tituló “Las
Raíces de la Ira Musulmana”.
“
Nos enfrentamos en Occidente – dirá – a un movimiento que
trasciende
incluso a los gobiernos de los países musulmanes. Se está produciendo
un
conflicto de civilizaciones, o la posiblemente irracional pero sin duda
histórica reacción de un antiguo rival enemigo de la tradición
judeo-cristiana y su expansión”. En definitiva, de nuestro modo
de vida, de
nuestro valores.
Para este pensador las raíces del conflicto se remontan hasta las Cruzadas,
y su razón de ser es el resentimiento que los musulmanes arrastran desde
hace siglos. No parece haber existido ni la colonización occidental, ni
el
imperialismo intervencionista, ni el muro de hierro israelí o la explotación
de las materias primas.
Aunque hacía un llamamiento, al menos formalmente, a que ojalá Occidente
no
se viera obligado a asumir una reacción idéntica a su rival, sentó los
postulados que han permitido a Bush y a sus asesores justificar su política
intervencionista en defensa, al parecer, de nuestros valores democráticos.
Quizás convenga recordar que el fundamentalismo islamista ha causado más
víctimas –léase el GIA argelino o los Hermanos Musulmanes
en Egipto – en
Oriente Medio y en el norte de África que en Occidente, y que los suicidas
iraquíes están asesinando más compatriotas que europeos
o norteamericanos.
También como dice Mohamed Charfi, ese demócrata y librepensador
tunecino, en
su libro Islam y Libertad que “esta terrible ola de violencia encontró al
principio cierta comprensión en las clases políticas europeas,
bajo el
pretexto de que el terror respondía a reacciones populares como consecuencia
de reivindicaciones no satisfechas por los gobernantes” de forma que algunos
dirigentes islamistas se beneficiaron de la posibilidad de propagar su
política e incluso la violencia en sus países de origen. No está lejos
la
é
poca en que a Jomeini se le dieron todo tipo de facilidades en Francia para
difundir su mensaje y conseguir el poder en Irán.
Hoy día, el terrorismo nos muestra su verdadero rostro. Nos aprestamos
a
tratar de erradicarlo, aunque no es tarea fácil dado que no están
muy claras
las razones que llevan a una serie de personas a inmolarse en nombre de una
pretendida “yihad” – aunque a veces se deba a brutales represiones
como en
Palestina o Chechenia – y matar a numerosos inocentes, muchos de ellos
de la
misma o parecida extracción social que los propios terroristas. Tampoco
parece, aunque nos recorten las libertades, que se pueda ser muy eficaz
contra quienes están dispuestos a perder la vida en cualquier esquina
o
andén de una ciudad. No se ha dado en la historia una situación
parecida.
Nunca ha existido tanta gente dispuesta a suicidarse con tal de provocar la
muerte o el aniquilamiento de “sus pretendidos enemigos”
Por otra parte, algunos políticos occidentales, como Tony Blair, repiten
una
y otra vez que los terroristas no van a destruir nuestro modelo de vida.
Incluso un conocido, y controvertido, director de un periódico de tirada
nacional, quizás bajo la influencia del clima emocional que provocan los
atentados, ha publicado un artículo “Todos contigo, Tony”,
afirmando “que la
figura del Sr. Blair suscitaba ese día una especial mezcla de compasión
y
simpatía de quién es objeto de una brutal agresión en el
momento en que se
disponía a celebrar un bautizo o una boda”.
Difícilmente se puede sentir simpatía por el Sr. Blair, y todavía
menos
compartir sus valores. Sentimos simpatía y compasión por las víctimas
y por
el pueblo londinense, no por sus gobernantes responsables de muchas más
muertes de las que ellos han sufrido. Hoy día en Irak hay cientos de madres
llorando a sus hijos inocentes también perdidos gracias a algunos redentores
occidentales, a quién nadie llamó para que las redimieran.
Por otra parte, no parece a pesar de cuantas proclamas hagan los ulemas
sobre la bondad de sus enseñanzas que no exista relación entre
sus
enseñanzas y las actuaciones radicales de algunos de sus alumnos. Tampoco
que estén dispuestos a rechazar la sharia ni que aboguen por la libertad
de
pensamiento y de culto, o pidan acabar con la confesionalidad del Estado en
sus propias sociedades.
En un libro olvidado, y premonitorio, ya en el año 1983 “La Balsa
de Mahoma”
el periodista de Le Monde, J. P Peroncet-Hugot escribía que “entre
el
fundamentalismo encarnado por los Hermanos Musulmanes y el tradicionalismo
conservador – tipo ulemas de la famosa universidad de al-Azhar en El Cairo –
suele ser difícil trazar una frontera precisa y delimitada”. No
sólo es
difícil trazar una frontera. El hecho más preocupante, hoy día,
es que la
nebulosa religiosa impregna y condiciona todas las esferas de la vida
social, económica y, sobre todo, política, del mundo musulmán.
Si hubiera
elecciones libres en estos países, en algunos los islamistas alcanzarían
el
poder. Los resultados de las recientes elecciones en Irán han hundido
las
esperanzas de cuantos creían que el fracaso económico y humano
que supone
todo gobierno teocrático se reflejaría en las urnas. Por diferentes
razones, -entre otras, el control del sistema y la falta de libertad- ha
sucedido lo contrario, lo que nos lleva a pensar que el adoctrinamiento
intensivo, como el que hemos visto televisivamente en las escuelas coránicas
de Pakistán, pueda producir algún progreso para el ser humano.
A su vez Tariq Ali, irakí, intelectual comprometido con los derechos humanos
y las libertades y autor de libros tan significativos como “A la sombra
del
Granado” o “Bush en Babilonia“, nada sospechoso de veleidades
islamistas,
nos dice en un articulo publicado recientemente que “la principal causa
de
esta violencia es la violencia que se esta infligiendo a los pueblos del
mundo musulmán, y la solución pasa por poner fin cuanto antes a
la ocupación
en Irak, Afganistán y Palestina.
Debido a esta compleja realidad que no sabemos como interpretar, ahora
surgen nuevas teorías para tratar de explicar el terrorismo, como las
de
Oliver Roy en el sentido de que la “radicalización de los militantes
de Al
Qaeda se debe sobre todo a las mutaciones del Islam globalizado y no han
surgido de movimientos nacionalistas o islamistas”, con lo que uno ya no
sabe a ciencia cierta donde nos encontramos. En esta línea también
nos dice
que las perspectivas de democratización en el mundo musulmán pasan
por la
integración de los movimientos islamistas y que, cuando se abren los
sistemas políticos, estos movimientos se integran en el sistema democrático.
Puede que sea así, aunque uno tiene sus dudas. Según este islamólogo,
los
Estados Unidos empiezan a considerar esta posibilidad. En todo caso, no esta
nada claro cuales puedan ser los resultados de tal aventura, y con seguridad
mal futuro les espera a los demócratas musulmanes que vivan en estos países.
Habrá que confiar si es éste el análisis de la Sra. Condolezza
Rice que sea
algo mas acertado que el del antiguo Consejero de Seguridad del Presidente
Carter, Sr. Zbignew Brzezinski cuando a finales de la década de los 70,
en
el que el islamismo se consideraba un buen antídoto en la lucha contra
el
comunismo, llegó a decir que no solo no le preocupaba el renacimiento
del
Islam sino que lo consideraba como algo positivo.
En definitiva, tanto Friedman como Tariq Ali tienen razón. Si se quiere
llegar a buen puerto en esta especie de precipicio en el que andamos, es
necesario que los países musulmanes acaben con la violencia terrorista
y que
Occidente deje de intervenir militarmente en Oriente Medio e imponga la paz
en el conflicto palestino-israelí. Desgraciadamente, ni la reelección
de
Bush en Estados Unidos, ni la de Blair en Gran Bretaña, ni la de Mohamed
Ahmadinejad en Irán, permiten pensar que vayamos por el buen camino.
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