caracola. f. Concha de un
caracol marino de gran tamaño,
de forma cónica, que, abierta por
el ápice y soplando por ella produce
un sonido como de trompa.
número 5 | septiembre 2005
 
  el sumario
 
 

Lisboa, la ciudad más triste y bella de Europa
Por MANUEL MATEO PÉREZ

México DF. El azogue perdido y enterrado
Por EVA DÍAZ PÉREZ

Los caminos tibetanos del mediodía
Por ALMUDENA TROBAT

   
   
  el archivo
 
  feed back
   
  los enlaces
   
  lacaracola@tintablanca.es
   
La Alhambra es poliédrica. Tanto como sus misterios, sus leyendas, sus secretos. Almudena Trobat se adentra en su interior y propone itinerarios poco conocidos. Publicado en El Caminante, el texto de esta escritora ha sido recuperado por LA CARACOLA de TINTA BLANCA coincidiendo con la puesta en marcha de nuevos programas turísticos en el conjunto palatino más deslumbrante de España.

El sueño de la Alhambra
Por ALMUDENA TROBAT

Al-Ahmar de Arjona, el rey fundador de la dinastía nazarita, se consideró siervo de Fernando III el santo en el castillo de Santa Catalina de Jaén y se comprometió a pagar fuertes sumas con tal de que le fuera permitido fundar su reino en Granada, allí donde los ziríes habían constituido una taifa y donde los baezanos habían huido tras la toma de la ciudad por las huestes de Alfonso VIII, poco tiempo después de vencer en las Navas de Tolosa. Del rey al-Ahmar se ha dicho que fue el primero en pronunciar la oración “No hay vencedor sino Dios”, que se repite hasta la saciedad en las paredes de los palacios de la Alhambra.
Cuentan que el castillo rojo, como los primeros cronistas lo conocieron, tomó el nombre de la tierra arcillosa de la colina Sabika. Sin embargo, el historiador Ibn al-Jatib propone una teoría más bella, romántica e improbable. Según él, la Alhambra se edificó de noche a la luz de las antorchas, cuyos destellos rojizos hacían creer a los vecinos de Granada que la fortaleza era de sangre.
La crónica más bella de la Alhambra está detallada en sus paredes. Al-Ahmar asentó su gobierno sobre los cimientos de viejas construcciones edificadas en distintos tiempos. En tiempos del emirato de Córdoba los árabes levantaron las primeras construcciones. Bajo el reino de taifa de los ziríes se construyeron nuevos palacios, propiedad de una poderosa oligarquía judía. Finalmente, aquellas construcciones sirvieron de sostén a una de las construcciones más deslumbrantes de la historia de la humanidad. Edificada por la dinastía nazarita, la última gran estirpe árabe que habitó la península, la Alhambra es mucho más que uno de los más fascinantes libros de la historia del hombre. Los que la habitaron y los que la visitaron la elevaron a la categoría de mito.
Dos largos siglos consiguieron vivir los nazaritas en el último reino árabe de la península ibérica. Aunque fue mandada construir por el rey al-Ahmar fueron sus descendientes Yusuf I y Muhammad V los más elevados patrocinadores de las obras palatinas. En ellas trabajaron los más reputados alarifes y artesanos de al-Andalus, y sus técnicas constructivas, sus avances e ingenios constituyeron un antes y un después en el mundo del arte. Carpinteros, ceramistas y calígrafos erigieron un arte insólito y original que aún hoy sigue llamando a la exclamación.
Una de las mayores contradicciones que posee la Alhambra fue el material con el que fue construida. Se diría que sus promotores guardaban una íntima y larvada certeza por la cual su final llegaría tarde o temprano. En tiempos del emirato y del califato Córdoba fue edificada en mármol, como las ciudades vencedoras. Sin embargo, en la Alhambra se utilizaron materiales pobres y perecederos. De hecho, algunos de sus cronistas contemporáneos aseguraron que jamás aguantaría el paso de los tiempos. Por fortuna se equivocaron.
Una de las razones por las que la Alhambra permanece en pie es por que fue habitada de manera ininterrumpida desde su construcción hasta hoy. El conjunto áulico fue habitado desde su creación, primero por sus fundadores, luego por los reconquistadores cristianos, y más tarde por familias de artesanos y mercaderes, viajeros románticos y sagas gitanas. Como un escenario vivo, la Alhambra acogió siempre presencia humana, lo que la salvó de la ignominia y el olvido.