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La Alhambra es poliédrica. Tanto como sus misterios, sus leyendas,
sus secretos. Almudena Trobat se adentra en su interior y propone itinerarios
poco conocidos. Publicado en El Caminante, el texto de esta escritora ha
sido recuperado por LA CARACOLA de TINTA BLANCA coincidiendo con la puesta
en marcha de nuevos programas turísticos en el conjunto palatino más
deslumbrante de España.
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| El sueño de la Alhambra |
Por ALMUDENA TROBAT
Al-Ahmar de Arjona, el rey fundador de la dinastía nazarita, se consideró siervo
de Fernando III el santo en el castillo de Santa Catalina de Jaén y se
comprometió a pagar fuertes sumas con tal de que le fuera permitido fundar
su reino en Granada, allí donde los ziríes habían constituido
una taifa y donde los baezanos habían huido tras la toma de la ciudad
por las huestes de Alfonso VIII, poco tiempo después de vencer en las
Navas de Tolosa. Del rey al-Ahmar se ha dicho que fue el primero en pronunciar
la oración “No hay vencedor sino Dios”, que se repite hasta
la saciedad en las paredes de los palacios de la Alhambra.
Cuentan que el castillo rojo, como los primeros cronistas lo conocieron, tomó el
nombre de la tierra arcillosa de la colina Sabika. Sin embargo, el historiador
Ibn al-Jatib propone una teoría más bella, romántica e improbable.
Según él, la Alhambra se edificó de noche a la luz de las
antorchas, cuyos destellos rojizos hacían creer a los vecinos de Granada
que la fortaleza era de sangre.
La crónica más bella de la Alhambra está detallada en sus
paredes. Al-Ahmar asentó su gobierno sobre los cimientos de viejas construcciones
edificadas en distintos tiempos. En tiempos del emirato de Córdoba los árabes
levantaron las primeras construcciones. Bajo el reino de taifa de los ziríes
se construyeron nuevos palacios, propiedad de una poderosa oligarquía
judía. Finalmente, aquellas construcciones sirvieron de sostén
a una de las construcciones más deslumbrantes de la historia de la humanidad.
Edificada por la dinastía nazarita, la última gran estirpe árabe
que habitó la península, la Alhambra es mucho más que uno
de los más fascinantes libros de la historia del hombre. Los que la habitaron
y los que la visitaron la elevaron a la categoría de mito.
Dos largos siglos consiguieron vivir los nazaritas en el último reino árabe
de la península ibérica. Aunque fue mandada construir por el rey
al-Ahmar fueron sus descendientes Yusuf I y Muhammad V los más elevados
patrocinadores de las obras palatinas. En ellas trabajaron los más reputados
alarifes y artesanos de al-Andalus, y sus técnicas constructivas, sus
avances e ingenios constituyeron un antes y un después en el mundo del
arte. Carpinteros, ceramistas y calígrafos erigieron un arte insólito
y original que aún hoy sigue llamando a la exclamación.
Una de las mayores contradicciones que posee la Alhambra fue el material con
el que fue construida. Se diría que sus promotores guardaban una íntima
y larvada certeza por la cual su final llegaría tarde o temprano. En tiempos
del emirato y del califato Córdoba fue edificada en mármol, como
las ciudades vencedoras. Sin embargo, en la Alhambra se utilizaron materiales
pobres y perecederos. De hecho, algunos de sus cronistas contemporáneos
aseguraron que jamás aguantaría el paso de los tiempos. Por fortuna
se equivocaron.
Una de las razones por las que la Alhambra permanece en pie es por que fue habitada
de manera ininterrumpida desde su construcción hasta hoy. El conjunto áulico
fue habitado desde su creación, primero por sus fundadores, luego por
los reconquistadores cristianos, y más tarde por familias de artesanos
y mercaderes, viajeros románticos y sagas gitanas. Como un escenario vivo,
la Alhambra acogió siempre presencia humana, lo que la salvó de
la ignominia y el olvido.
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