caracola. f. Concha de un
caracol marino de gran tamaño,
de forma cónica, que, abierta por
el ápice y soplando por ella produce
un sonido como de trompa.
número 7 | noviembre 2005
 
  el sumario
 
 

Lisboa, la ciudad más triste y bella de Europa
Por MANUEL MATEO PÉREZ

México DF. El azogue perdido y enterrado
Por EVA DÍAZ PÉREZ

Los caminos tibetanos del mediodía
Por ALMUDENA TROBAT

   
   
  el archivo
 
  feed back
   
  los enlaces
   
  lacaracola@tintablanca.es
   
El centro budista más viejo de España es el punto de partida de las sendas más desconocidas de la ladera meridional de Sierra Nevada. Almudena Trobat lo ha recorrido varias veces y en todos sus viajes halla la misma sensación de paz y mística que parece no separar dos puntos de la geografía mundial tan distantes como Lhasa y las Alpujarras.

Los caminos tibetanos del mediodía

Por ALMUDENA TROBAT

El carril que trepa hasta el centro budista Osel Ling compone una de las vistas más deslumbrantes de la Alpujarra alta. El camino serpentea entre canchales, pizarras de negro corazón y yerbas aromáticas que los pastores conocen como los surcos de sus manos. A dos mil metros de altura, entre los silbidos de los vientos arcanos y los cielos rojos, los pueblos blancos de Cáñar y Soportújar son como dos copos de nieve tendidos bajo la calima de la tarde. Al final del camino hay un templete similar a aquellos que jalonan las cercanías de Lhasa, la capital de Tibet. Un cartel recibe al caminante. El cartel dice así: “Seguir el deseo nunca te conducirá a la felicidad”. Yo no he entendido nunca esa manía que las religiones tienen en contra del deseo humano.
Los primeros budistas que hasta aquí llegaron a principios de los años ochenta pensaron que no había en España un lugar más parecido al Himalaya. Debieron llegar en una tarde emborronada por las nubes, en una de esas tardes blancas, en las que el cielo es más lechoso que de costumbre. Al cabo de los días, quién sabe, descubrirían que hacia el sur, con sólo salvar las angulosas cumbres de la sierra de Lújar hay un mar azul que hacia aquel otro lado del mapa, en el místico Himalaya, es un imposible.
El centro, en el que se puede hospedar todo aquel que conozca el significado de la palabra retiro y convivencia espiritual, está construido en pizarra negra. Los primeros budistas aprovecharon un cortijo abandonado. Ubicaron en las cercanías del centro mayor otras celdas de pizarra negra, otros cuartos de meditación a la sombra de las grandes banderolas y los budas tallados en madera.
Uno de los lugares más impresionantes del centro es la vieja era. Allí es costumbre reunirse a dialogar y ver las estrellas en las noches de verano. Desde allí, además, se divisan los tres pueblos del barranco del Poqueira. Las guías turísticas nos tienen acostumbrados a las clásicas fotografías de Pampaneira, Bubión y Capileira escalonadas bajo la silueta blanca del circo del Veleta. No. No es eso lo que desde aquí se ve. Desde este lugar la vista es otra, infinitamente más estremecedora, más histriónica y desafiante. Pampaneira queda próxima, con sólo salvar la herida del barranco. A su izquierda aguarda Bubión que es más pequeña, más suelta y acomplejada. Y hacia la ladera alta, como esa línea que jamás termina, espera Capileira que es tan blanca como la nieve eterna que lleva como corona.
Un sinfín de caminos conducen a parajes absolutamente desconocidos, despoblados por la memoria humana, trenzados sólo por el silencio y las alimañas. Los caminos desconocidos suben por las escarpaduras afiladas del centro buscando el norte magnético, las lontananzas que llevan hasta la tercera cumbre más alta de España. Los dos mil metros hace rato que quedaron a los pies y el horizonte es una metáfora de curvas maltrechas, valles que invitan al suicidio y silencios sólo rotos por las rapaces más hurañas y solitarias. Lo más sorprendente de estos caminos es que no conducen a ningún sitio conocido. O quizá sí: conducen a la pérdida, a la desorientación, al equívoco. Pero el deseo del hombre, por mucha religión que se interponga en el camino, es seguir hacia delante, buscando, quizá, lo ignorado e incógnito.