Por ALMUDENA TROBAT
El carril que trepa hasta el centro budista Osel Ling compone
una de las vistas más deslumbrantes de la Alpujarra alta.
El camino serpentea entre canchales, pizarras de negro corazón
y yerbas aromáticas que los pastores conocen como los surcos
de sus manos. A dos mil metros de altura, entre los silbidos de
los vientos arcanos y los cielos rojos, los pueblos blancos de
Cáñar y Soportújar son como dos copos de nieve
tendidos bajo la calima de la tarde. Al final del camino hay un
templete similar a aquellos que jalonan las cercanías de
Lhasa, la capital de Tibet. Un cartel recibe al caminante. El cartel
dice así: “Seguir el deseo nunca te conducirá a
la felicidad”. Yo no he entendido nunca esa manía
que las religiones tienen en contra del deseo humano.
Los primeros budistas que hasta aquí llegaron a principios
de los años ochenta pensaron que no había en España
un lugar más parecido al Himalaya. Debieron llegar en una
tarde emborronada por las nubes, en una de esas tardes blancas,
en las que el cielo es más lechoso que de costumbre. Al
cabo de los días, quién sabe, descubrirían
que hacia el sur, con sólo salvar las angulosas cumbres
de la sierra de Lújar hay un mar azul que hacia aquel otro
lado del mapa, en el místico Himalaya, es un imposible.
El centro, en el que se puede hospedar todo aquel que conozca el
significado de la palabra retiro y convivencia espiritual, está construido
en pizarra negra. Los primeros budistas aprovecharon un cortijo
abandonado. Ubicaron en las cercanías del centro mayor otras
celdas de pizarra negra, otros cuartos de meditación a la
sombra de las grandes banderolas y los budas tallados en madera.
Uno de los lugares más impresionantes del centro es la vieja
era. Allí es costumbre reunirse a dialogar y ver las estrellas
en las noches de verano. Desde allí, además, se divisan
los tres pueblos del barranco del Poqueira. Las guías turísticas
nos tienen acostumbrados a las clásicas fotografías
de Pampaneira, Bubión y Capileira escalonadas bajo la silueta
blanca del circo del Veleta. No. No es eso lo que desde aquí se
ve. Desde este lugar la vista es otra, infinitamente más
estremecedora, más histriónica y desafiante. Pampaneira
queda próxima, con sólo salvar la herida del barranco.
A su izquierda aguarda Bubión que es más pequeña,
más suelta y acomplejada. Y hacia la ladera alta, como esa
línea que jamás termina, espera Capileira que es
tan blanca como la nieve eterna que lleva como corona.
Un sinfín de caminos conducen a parajes absolutamente desconocidos,
despoblados por la memoria humana, trenzados sólo por el
silencio y las alimañas. Los caminos desconocidos suben
por las escarpaduras afiladas del centro buscando el norte magnético,
las lontananzas que llevan hasta la tercera cumbre más alta
de España. Los dos mil metros hace rato que quedaron a los
pies y el horizonte es una metáfora de curvas maltrechas,
valles que invitan al suicidio y silencios sólo rotos por
las rapaces más hurañas y solitarias. Lo más
sorprendente de estos caminos es que no conducen a ningún
sitio conocido. O quizá sí: conducen a la pérdida,
a la desorientación, al equívoco. Pero el deseo del
hombre, por mucha religión que se interponga en el camino,
es seguir hacia delante, buscando, quizá, lo ignorado e
incógnito.
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