caracola. f. Concha de un
caracol marino de gran tamaño,
de forma cónica, que, abierta por
el ápice y soplando por ella produce
un sonido como de trompa.
número 3 | mayo 2005
 
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TURISTAS DEL VINO
Por JAVIER GONZALEZ

Leo en los periódicos acerca del auge creciente del llamado enoturismo y, en concreto, del turista enológico.
Al parecer se trata del turista trascendido por la mística de los vinos.
Leo también que Andalucía está viviendo ahora el despertar (con resaca o no) de esta especie de culto turístico a la hoja de parra. Olvidando a Baco y sus profanos festines, el poeta Pedro Garfias (bebedor severo por cierto) decía que los pueblos que tienen vino y aceite están más cerca de Dios.
O sea, que por lo visto Andalucía ha de tener mucho de cooperativa de Dios, de gran viñedo del prometido Edén.
Los que no hayan encontrado a Dios en la pasada Semana Santa (esa orfebrería del dolor al aire libre) pueden buscarlo ahora recorriendo las almazaras donde probablemente se encuentre el aceite de la vida eterna o, en su caso, el vino de la transubstanciación personal: creo porque bebo.

Una empresa de servicios turísticos -Viavinum se llama- ofrece ya paquetes de enoturismo de lujo por Jerez-Sevilla, Montilla-Moriles-Córdoba y la serranía Ronda-Marbella.
El enoturista puede entrar así en religioso enotrance: olorosas bodegas, lagares, catas exclusivas, charlas de enólogos, compras en enotiendas, hasta visitas a enotecas para el cultivo de la otra vid del conocimiento.
El enodestino principal en Andalucía pasa sin duda por Jerez, en las bodegas González Byass (200.000 visitantes al mes), seguidas de las enovisitas a las bodegas de Domecq (100.000 visitas).
Viene de antiguo la fama espirituosa de nuestros caldos. Ahí están los libros.
En sus crónicas de viaje cuenta el inefable Richard Ford que Lepe suministraba a los londinenses aquel vino tinto y blanco que, según el cuento del buldero (de los famosos Cuentos de Canterbury de Chaucer), se vendía en Fish Street y Chepe y se deslizaba “arteramente” en los esponjosos cerebros de los bebedores.
Hoy el alcohol sigue perpetrando trastornos en los hijos de los hijos de los hijos de aquel viejo cuento del buldero, y probablemente ha de ser así, ya que todos son hijos, en fin, de la Gran Bretaña (a los que tanto mentamos por lo bajo cuando nos visitan por causa del fútbol y deseamos enviarle la Armada Vencible de nuestra más naufragada impotencia).

Piensa uno ahora, cuando se abren los bocoyes del recuerdo, en cómo va fermentando el tiempo.
Del entrañable abrazafarolas, ilustrado en las viñetas de infancia del gran Ibáñez, hemos pasado a esta forma más fina del bebedor culto y que tanto tiene, como vemos, de bebedor de culto: el enoturista. Quizá haya que alegrarse por ello.
Pero en su lucha desigual contra el paso y el peso de los años, uno siente cierta nostalgia del viejo abrazafarolas de antaño, del cómic del tiempo ido.
Hay a quien la imagen de los borrachuzos les confiere tristeza y una piedad silenciosa.
Yo me refiero al bebedor incruento, al atleta de las camballadas en la larga y desigual carrera de la vida.
No dicen los periódicos si en los enomuseos alguien ha previsto levantar una estatua en honor de este noble perdedor de taberna y su nariz pocha color vino, como es obvio.
Mucho me temo, ay, que las nuevas rutas del vino no tienen nada que ver con las rutas de la “vinimemoria” personal, tan llena de nostalgias inexplicables, seguro que confusas.
De ahí que lo mejor sea pisar la uva de los nuevos tiempos y brindar en fina copa de cristal por el porvenir del enoturismo en Andalucía.
El vino peleón ya forma parte de la mendicidad de un tiempo perdido.
Aunque haya todavía quien quiera vender cara la derrota.
Salud.