Por ALMUDENA TROBAT
Aparecido en El Ilustrador
“Hay libros a los que no hay que atreverse hasta no haber cumplido los cuarenta años”. Con cuarenta y ocho años, Marguerite Yourcenar escribió Memorias de Adriano. Un año después –corría 1952- la escritora francesa visitó Andalucía y elucubró uno de los más bellos ensayos que se han escrito sobre el Sur. Yourcenar lo tituló “Andalucía o las Hespérides”, situando en este territorio fronterizo entre dos continentes, dos mares y dos vientos el jardín donde la mitología grecolatina erigió el edén de dioses, faunos y seres fabulosos.
Hay estudiosos que ven en “Andalucía o las Hespérides” una nueva recreación del tópico que siglo a siglo ha entorpecido esta tierra. No lo creo. Yourcenar pone en pie un ensayo magistral, escrito desde la madurez y la distancia, profundo, caudaloso, rico y poliédrico. En estas líneas habita una Andalucía veraz, a veces protagonista de los mayores designios, y otras oculta y acomplejada por avatares ajenos y desdichados. Yourcenar inicia “Andalucía o las Hespérides” con una declaración de principios que condiciona todo el relato. La escritora dictamina: “Desde los tiempos prehistóricos, España ha sido tomada por el costado izquierdo” (Yourcenar mira España desde Francia, desde el norte). “Lo más importante de Andalucía –prosigue- llegó dentro de los barcos cretenses, griegos o púnicos, en los trirremes de Roma y en los faluchos musulmanes”. Yourcenar pontifica la impureza de las culturas, la mezcla de las sangres y las palabras, el caudal torrencial con el que las diferentes civilizaciones fueron erigiendo ciudades, hombres y paisajes. Andalucía es el resultado de todos esos anhelos. Cuando la escritora narra sus impresiones al contemplar los sarcófagos púnicos expuestos en el Museo de Cádiz, lo que trata de expresar es su más rendido asombro por ese incesante caudal de esfuerzos humanos que construyeron Andalucía. A buen seguro que durante su estancia en Cádiz alguien le diría que pisaba la ciudad más antigua de Occidente. Alguien debió ilustrar a la curiosa viajera sobre los orígenes fenicios de Gades, sobre las colonias romanas, las atalayas árabes y su papel geopolítico durante el descubrimiento de América y sus lucrativas consecuencias. En la ciudad dieciochesca y barroca, en la ciudad de las plazas y las calles lanzadas a cordel, Yourcenar debió entender “el individualismo estoico, la fogosidad barroca, la tendencia imperial de dominación universal” que parece afectar desde el principio de los tiempos a esta tierra situada en el mejor lugar posible para escribir las primeras y últimas líneas del libro de la historia.
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